jueves, 18 de diciembre de 2008



Esa noche, Bender durmió solo. Pero desde esa noche “hacer el amor” significó brutalmente acostarse con una mujer. Confieso que me sentí ofendido. Era, me pareció, un abuso del lenguaje. Después seguí creciendo. Hablé poco y forniqué mucho. Pero nunca hice el amor. Prevariqué, eso sí, y puticé. Como el ventero que armó a don Quijote, recuesté viudas y deshice doncellas. Fifé, me encamé, jodí, copulé, corté como Jerineldo la rosa más fragante de algún jardín real, pinché y trinqué, rompí, sodomicé y desgolleté, conocí, folgué, serruché y hasta solitariamente me vicié, pero como había aprendido a desconfiar de las antiguas y hermosas palabras, no le hice a nadie, ni mucho menos hice con nadie, el amor. Yo creo que las mujeres lo saben, y por eso a veces fijan con desconsuelo su mirada en mi bragueta, como desde lejos, con los mismos ojos milenarios que tenía mamá cuando planchaba y yo jugaba a descuartizarme o a ser el señor Valdemar derretido, y cuando les pregunto qué pasa, ellas dicen que a los tipos como Bender habría que cortarles la cuestión con una lata oxidada. No sé, a lo mejor todas las mujeres saben todo y es cierto nomás que los hombres somos seres inferiores e incompletos. De cualquier modo, algo descubrió Bender la tarde del 10 de junio de 1980; algo empiezo yo a descubrir ahora. Mientras voy doblando dulcemente hacia atrás el cuerpo de Agustina y me oigo decirle que no hable, que no piense, mientras la tiendo muy suavemente como a un objeto muy frágil sobre el brillante acolchado azul de la cama donde su cuerpo titila como una constelación que hubiera adoptado la forma de una mujer, he comenzado a develar el verdadero sentido de las palabras hacer el amor. Hacer el amor, amarlo, levantarlo piedra sobre piedra, arco a arco, columna a columna, y dejarlo instalado sobre el mundo, es desafiar nuevamente a Dios. El árbol vedado del remoto monte del Abuelo, antes que ningún otro conocimiento, enseñaba esa peligrosa sabiduría, y es así que todavía hay un ángel castrado entre las plantas amenazando los genitales de los hombres con una espada de fuego. Hacer el amor es robarle la mujer a Dios. Porque para armar el amor y habitarlo, hay, antes, que crear a la mujer, hacerla. La mujer es una casa construida según la lenta albañilería de algún hombre. No me apures, Agustina, no te apures, esto que se está haciendo como un dibujo bajo la lluvia tiene sus leyes y sus ritmos, no es el amor, pero hay que escandirlo amorosamente como un verso. El amor no puede hacerse en unas horas, como yo creía, ni en semanas. Se tarda años. Hay hombres y mujeres que mueren sin haberlo hecho, sin saber cómo se hace, hay muchachas y muchachos a los que asesinaron sin haberles dejado levantar una sola viga, sin abrir una ventana, hay generaciones y pueblos enteros que son diezmados, supliciados, ardidos hasta lo blando de los huesos, sin darles tiempo a reunir los materiales de hacer el amor, ahora mismo, mientras mi boca en tu oreja y tu boca de ahogada en mi cuello y mi mano subiendo por los contornos de médano de su cuerpo, hay, sobre la húmeda y eléctrica piedra lustral de un sótano, en una cárcel, una adolescente roja que ya no va a temblar nunca con el temblor que ahora percibo bajo mis dedos como una caliente arena fina por la que pasara un río subterráneo. Vientres pateados, sexos deshechos, martirizadas bocas de dientes rotos, Agustina, ruinas nupciales, pedazos de parejas muertas que nunca van a sentir lo que por primera vez estás sintiendo ahora, este miedo dulce de ir cayendo hacia el centro de vos misma que hace rodar de un lado a otro en la oscuridad tu cabeza sobre la almohada, que te hace decir qué, qué me pasa, manos mutiladas que estuvieron vivas y que ya no encontrarán lo que tu mano, de pronto inexperta, busca entre mis piernas, hombres que tuvieron piernas y un sexo para usar entre las piernas, matas de cabello de mujer que no llenarán nunca el puño de un varón, puños de varón que nunca más empujarán con dulce brutalidad la cabeza de una muchacha hasta la consentida sumisión, hasta la ambigua servidumbre que sólo la hembra del varón aprende, que no conocen las bestias ni los ángeles, pero que Agustina ahora no acepta, de rodillas sobre la alfombra y con las manos juntas como una mantis religiosa, volviendo a sacudir de un lado a otro la cabeza como si rezara, apretando los dientes acaso por el súbito horror de querer arrancarme el sexo de las entrañas, por primera vez no acepta, mientras Bender de pie sonríe y acaricia con cuidado y suavidad su cuello, como quien amansa un animalito cerril, le cubre dulcemente las orejas con las manos, se arrodilla junto a ella y le besa las lágrimas, la distrae, y como si jugara la va tendiendo sobre el piso y la abre como a un cauce mientras Agustina murmura por qué acá, por qué así, y él le dice que se calle, que no hay que pensar, que escuche, que escuche cómo cae la lluvia.

Abelardo Castillo - LA FORNICACIÓN ES UN PÁJARO LÚGUBRE



martes, 9 de diciembre de 2008

De cara a mis pensamientos, a veces me ronda el temor de encontrar lo que no quisiera, o no encontrar nada. En el fondo no quisiera hacer esto, pero me obliga el plácido caos que me envuelve. No quisiera pasar los días que siguen sin encontrar una nueva obsesión que me impulse hacia el abismo. Y no es sólo eso, me asombra tener que esforzarme tanto para decirlo, como siempre me ha asombrado que sea tan difícil la verdad, la acción, el valor, a tal punto que me da terror suponer que todo es una pesadilla de la que despertaré en cualquier momento. Y sin embargo, en esta atmósfera densa de sentimientos encontrados, estoy segura de una sola cosa: no es la realidad aquello que se altera, es nuestra percepción la que cada vez se aleja más de la realidad. No podría yo si no pensar que estoy viviendo, sufrir así, querer así, y mientras más lo pienso más intento aferrarme a mi locura. Sé que he cambiado: no puedo ocultárselo a nadie y menos a mí misma. Pero hay una cosa a la que jamás podría renunciar: no puedo ser completamente feliz. No debo, no quiero tampoco. Sé que me quieren justo como estoy ahora. Sé que, no siéndolo, voy a decepcionar a todos y aun voy a dudar en sumergirme otra vez en el ritual oscuro que me acompaña desde que puedo mirar atrás en el tiempo. Y aun así, no puedo, ni quiero, sobrevivir sin mi desequilibrio.

sábado, 29 de noviembre de 2008

martes, 25 de noviembre de 2008

Más de una vez me han echado a la calle
por reír donde debo estar llorando,
por llorar donde debo estar riendo,
por callar donde debo estar hablando,
por hablar donde debo estar callado,
por hablar en voz baja de la fe,
por hablar en voz alta del amor.
Más de una vez al año hago
algo que no se puede hacer:
pateo una piedra, levanto polvo
que da deseos de toser.
Me lleno entonces de optimismo,
algo solemne quiero hablar,
pero la piedra me cae encima
y nunca puedo terminar.
Más de una vez me han echado a la calle
por no sentir respeto por las flores,
por derramar comida en los manteles,
por darle de mi alcohol a algunos niños,
por desnudar deprisa a mis mujeres.
Más de una vez no tengo diversión,
más de una vez no tengo invitación.
Más de una vez me han echado a la calle
por correr donde duermen los enfermos,
por fumar en los palcos del teatro,
por hacerle una mueca a mi maestro,
por llevar la cicuta en el bolsillo
desde que iba al colegio con un perro,
desde que me rompían la cabeza
por hablar demasiado del horror
y decirle asesino a un pescador.
Silvio Rodriguez

viernes, 21 de noviembre de 2008


Hundir mi lengua en las profundidades de tu cuerpo y sentir cómo nos lastimamos; arrancarte tus sueños a pedazos con mis uñas, golpearte en la boca del estómago con toda mi furia; ver alucinados cómo el sol emerge incandescente sobre la fría madrugada, resbalar entre tus piernas abandonándome a tus arañazos, a tus mordiscos, a tus apretadas caricias; destruirnos, desarmarnos, acabarnos, sólo eso quisiera.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Tal vez ya está todo dicho; tal vez el horror o el amor que sienta yo hoy o mañana no cambie en nada las cosas, y es ésa la peor sensación que he tenido en el mundo, el de la fatal sospecha de que no voy a significar nada, temblando en un rincón las lágrimas se deslizan por mis ojos, mientras un grito estremecedor recorre todo mi cuerpo y un puño invisible me golpea hasta doblegarme. Sólo sé que no puede ser esta basura todo lo que existe, que las cenizas de mis ojos y de millones de ojos más podrán mirar hacia adelante sólo cuando todo esto explote en mil pedazos, que no puedo dejar de saltar al precipicio que me ha rondado todo este tiempo. Y que el peor crimen sería bajar la cabeza ante todo lo que sé; que arrancar de raíz el veneno que nos está matando es terriblemente urgente y que la cobardía va a matarme si no lo logro.

martes, 18 de noviembre de 2008

Es gracioso y casi aterradora la sensación de que nada me importe en el fondo, de que mientras veo tu corazón rompiéndose en pedazos al suplicarme pueda mirarte con una indiferencia atroz, de que vea huyendo de mí a quienes tanto quise y sin embargo no pensar jamás en ellos, de que la emoción que me arrasaba antes ahora duerma en mi mente enfermiza...y alrededor de todo va acumulándose una espesa masa de polvo que va consumiendo todas mis energías, terriblemente odiosa y fatal, donde la desconfianza va llenándome cada vez más.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Una ráfaga caliente sube por mi pecho
y tengo que seguir corriendo
aunque tiemblen mis piernas
mi corazón sigue gritando desbocado
y sólo pienso en llegar
al adorado rincón sucio y oscuro
donde podré dormir en paz

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Aaahhhhhhh!
Ahora vienen por mí
cuando todo parece normal
¿es que no lo ves?
Y todavía tengo que esforzarme para que lo entiendas
¿es que no has visto el suelo cubierto de sangre?
¿No viste un enorme y sucio alambrado
cercándonos hasta casi matarnos?
Ya es muy tarde para todo lo que amé
Y aunque han pasado cien años de tu tiempo
aún resuenan los últimos aullidos de terror
y todo parece una horrible pesadilla
porque aún te veo con los ojos vacíos y con esa
estúpida sonrisa brillando
huecamente en la oscuridad
Pobre cuerpo flaco y aterido
es hora de correr
sólo necesitamos una voz de alarma
y vamos acobardándonos en la celda
y un día somos demasiado viejos,
demasiado buenos
demasiado cuerdos como para huir
y las voces claras y sufrientes que gritan
hasta casi perder la razón
sólo nos merecen una sonrisa irónica
en la que se refleja, con amargura
la cobardía que ha estado matando
nuestro corazón poco a poco
el temor de un niño desencadena el llanto
una voz dulce aprisionándolo en una jaula
y una herida que ha quedado
abierta para siempre en mi frente
aún sigue ahí aunque no puedan verla
y lo sé porque cada mañana, al levantarme
siento el ardor incandescente
y termino por ocultarme
a los ojos de todos

sábado, 1 de noviembre de 2008

Annabel Lee
Hace muchos, muchos años,
en un reino junto al mar,
vivía una doncella
cuyo nombre era Annabel Lee;
y vivía esta doncella sin otro pensamiento
que amarme y ser amada por mí.
Yo era un niño, una niña ella,
en ese reino junto al mar:
pero nos queríamos con un amor que era más que amor,
yo y mi Annabel Lee,
con un amor que los serafines del cielo
nos envidiaban a ella y a mí.
Tal fue esa la razón de que hace muchos años,
en ese reino junto al mar,
soplara de pronto un viento, helando
a mi hermosa Annabel Lee.
Sus deudos de alto linaje vinieron
y se la llevaron apartándola de mí,
para encerrarla en una tumba
en ese reino junto al mar.
Los ángeles, que no eran ni con mucho tan felices en el Cielo,
nos venían envidiando a ella y a mí...
Sí: tal fue la razón (como todos saben
en ese reino junto al mar)
de que soplara un viento nocturno
helando y matando a mi Annabel Lee.
Pero nuestro amor era mucho más fuerte
que el amor de nuestros mayores,
de muchos que eran más sabios que nosotros,
y ni los ángeles arriba en el Cielo,
ni los demonios abajo en lo hondo del mar,
pudieron jamás separar mi alma
del alma de la hermosa Annabel Lee.
Pues la luna jamás brilla sin traerme sueños
de la bella Annabel Lee;
ni las estrellas se levantan sin que yo sienta los ojos luminosos
de la bella Annabel Lee;
Así, durante toda la marea de la noche, yazgo al lado
de mi adorada -mi querida- mi vida y mi prometida,
en su tumba junto al mar,
en su tumba que se eleva a las orillas del mar.
Edgar Allan Poe


Quisieras sentir mi calor en el momento exacto en que me cierro, y esa mirada enfermiza que conozco recorre mi piel ávidamente. No sé por qué te gusta tanto suponer que para mí el sol brilla siempre con tus sonrisas, la verdad es que en mí hay un temor oculto que nunca va a irse con todas las caricias del mundo...te gusta verme siempre abierta, siempre al acecho, y no podrías entender cómo es saber que adentro tuyo hay un túnel oscuro que se abre hacia el mundo, siempre tocado por el aire, siempre a la espera de un tren que lo penetre. No es mi culpa entonces, si quiero ocultarme por una vez, cansada de esperar, cansada de la asfixia de este agujero milenario. Quiero meter la cabeza entre mis piernas y hundirme en la carne lúbrica, aterradora, caliente, para ver qué es lo que tanto fascina. Para mí sólo es una prisión palpitante y silenciosa que te envuelve y te aprieta tristemente, llorosa, suplicante, una boca hambrienta que devora a su presa, un cúmulo de arenas movedizas en el medio de mi cuerpo. Tal vez, lo que te llama irresistiblemente es la sensación de hundirte en el vértigo ambiguo que vas encontrando sin ver, para después emerger triunfante dejando apenas un vacío torpe y a mí, acurrucada como un animal herido.

domingo, 19 de octubre de 2008

Este asunto me está matando

miércoles, 15 de octubre de 2008

martes, 14 de octubre de 2008


nunca podré ser como quisieras

viernes, 10 de octubre de 2008

El tiempo iba enrojeciendo y sólo pude ver el sol hundiéndose en el cielo espeso y oscuro. Mi corazón se fundía bajo el terrible ardor de la noche. Sé que este cuerpo de papel va deshaciéndose día tras día, y me invade una cálida sensación de abandono cada vez que miro alrededor. Los pasos van haciéndose más leves y al fin puedo amar aquello que voy perdiendo. Brota una hermosa brisa fresca de dolor de este suelo insípido y sacude mi sueño. Es hora de arrancarte de mí y apenas siento un cosquilleo en el pecho... el agua baja por estas paredes antiguas y polvorientas y curiosamente mi celda violácea y fría perdida para siempre en este universo subterráneo brilla con todos los colores del mundo. Dentro de unos minutos estas palabras se habrán perdido para siempre, como se perdió tu dulce amor en la tormenta. Y no me preocupa. He descubierto que lo único que nace y muere en el mundo es esta vorágine de horror que nos ha devorado. Sólo necesito el agua helada tocando los dedos de mis pies para volverme mil años más viejo. Sólo veo la ventana negra y vacía para que el vértigo me ate los músculos de todo el cuerpo.

Lo supe...y el mundo entero se derrumbó hasta sus últimos pedazos.

domingo, 24 de agosto de 2008

Si supiera bien que és la libertad, me lanzaría hacia ella sin pensarlo, abandonaría todo lo que tengo, ciegamente, a cualquier precio lucharía por ella, pero el problema es que nunca he conocido la libertad, nunca nadie la ha conocido de verdad, y por eso las nubes turbias oprimen tristemente nuestras almas, por eso la tortura rutinaria, asfixiante de cada día; por eso vamos perdiendo a cada segundo las últimas gotas de cordura...

viernes, 25 de julio de 2008

Microrrelato

Cuando era pequeño tenía muchos amigos, pero sabía que no vivirían para contarlo.

Según dicen ciertas malas personas, cuando hay humo debes correr en círculos y arrojarte al precipicio sin mirar atrás, porque puede haber un incendio detrás de una ventana, mirándote, observándote, y puede que no quieras lidiar con eso.

viernes, 18 de julio de 2008

En la azorada caminata de la noche
atormentada y vacía
del cortejo de luces y ruidos
voy perdiéndome de a poco
Y las calles se van haciendo indiferentes
a mi opinión,
y se vuelven insulsas y distantes
y mi pecho se cierra sin encontrar
hacia dónde volar
Y vuelvo sobre mis pasos inseguros
vacilante, echo a correr
porque no puedo entender
cómo se desdibuja el horizonte
y acercándose,
la sensación de ahogo inminente
Pero en la loca carrera
encuentro la paz
de saber que no volveré hoy
ni mañana
de esta espesa telaraña
de que las tragedias y miserias
necesitan locura para verlas
Y mis pasos se van apagando
apenas puedo respirar
muy hondo y mirar
con ojos llenos de luz
y una sonrisa ensombrecida
tendida de espaldas,
el amanecer

domingo, 13 de julio de 2008

Ya no sé qué hacer con esta fiebre abarrotada de recuerdos, con esta marea incansable de emoción e incertidumbre. Espero sin cesar que la insistencia golpee a la puerta de la cordura, que las miradas se sucedan abriendo un círculo cada vez mayor de entendimiento. Un pobre atormentado que descubre en la noche fría y oscura aquellas palabras que lo iluminan hasta lo más hondo, que hacen arder el fuego en su corazón y nacer hacia la claridad del amanecer, no puede sino reírse de este futuro de indecisión. Pero esta sonrisa cansada no se borra de sus labios, ahora el sufrimiento y la miseria son cimientos que lo alzan para construir un refugio, un abrigo donde los guiños entre cómplices se dan con alegría seria y perturbada, donde la felicidad está amenazada de muerte a cada instante y reviste esa gravedad de la fatalidad siempre inminente.

Ventanas iluminadas




La otra noche me decía el amigo Feilberg, que es el coleccionista de las historias más raras que conozco:
-¿Usted no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana? Vea, allí tiene un argumento para una nota curiosa.

Y de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera despreciado Villiers de L’Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de Horacio Quiroga. Una historia magnífica relacionada con una ventana iluminada a las tres de la mañana.

Naturalmente, pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la conclusión de que tenía razón, y no extrañaría que don Ramón Gómez de la Serna hubiera utilizado este argumento para una de sus geniales greguerías.
Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad, barridas como por un viento de maleficio.

¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar un hombre?
¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar?

En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.

Porque ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera deshechas por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados, y que entre los visillos y las persianas deja entrever unas rayas de luz. Y luego la sombra, el vigilante que se pasea abajo, los hombres que pasan de mal talante pensando en los líos que tendrán que solventar con sus respetables esposas, mientras que la ventana iluminada, falsa como mula bichoca, ofrece un refugio temporal, insinúa un escondite contra el aguacero de estupidez que se descarga sobre la ciudad en los tranvías retardados y crujientes.

Frecuentemente, esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no se reúnen en ellas ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan el tiempo conversando mientras se calienta el agua para tomar mate

Porque es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada, considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, conversando con un buen amigo. Es después del café, de las rondas por los cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, fatalmente, el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, mientras que el otro, cachazudamente, le prende fuego al calentador para preparar el agua para el mate.

Y mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de la madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo, analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin temperatura, que en la vigila deja en las ideas una lucidez de delirio.
Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más deseadas las palabras.

Esa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina, sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se pueden embuchar toda la noche.

Hay otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje del bar tirolés.
En todos los bares “imitación Munich” un pintor humorista y genial ha pintado unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas escenas aparecen ciudades con tejidos y torres y vigas, con calles torcidas, con faroles cuyos pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados a ellos, fantásticos tudescos con medias verdes de turistas y un sombrero jovial, con la indispensable pluma. Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos escapan golletes de botellas, miran con mirada lacrimosa a una señora obesa, apoyada en la ventana, cubierta de un extraordinario camisón, con cofia blanca, y que enarbola un tremendo garrote desde la altura.

La obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el semblante de un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de alambre retorcido en torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable “frau”.

La ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre, la ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al iluminarse bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido de angustia, un llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito encendimiento, a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre que se inclina atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado dolor de muelas que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un pobre diablo hasta el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.

Ventana iluminada de las tres de la madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se oculta tras de su vidrios biselados o rotos, se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad. Inventores, rateros, poetas, jugadores, moribundos, triunfadores que no pueden dormir de alegría. Cada ventana iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha escrito.


Roberto Arlt

domingo, 6 de julio de 2008

Llena de llagas infecciosas bajo la pulcritud de su vestido



América pobre, con su pueblo nativo trashumante, llegado del fondo de las provincias interiores y de continente, pulula hoy en los suburbios de las nuevas capitales.
Sin nada propio -salvo la fuerza de trabajo-, escarnecido por el saqueo y la explotación, construye sus refugios miserables trasmutando cajones, latas inservibles y toda otra basura arrojada por el consumo de la ciudad burguesa, en viviendas, muebles y utensilios de cocina, como únicos bienes disponibles en su doméstica vida cotidiana.
lnstintivamente yo represento mi culpa dentro de la gran culpa social que ha provocado ese espectáculo cuyo todo salpica ya a las otras clases vecinas.
Una lata, una madera quemada, vanos y míseros, forman la materia y los colores de mi paleta que, al transmutarse en la significación del ámbito de Juanito Laguna, logró la equivalencia (el revés) de la otra trasmutación de los objetos durante el metabolismo catabólico de su paso del departamento de lujo o de la fábrica a la tapera del bajío.
Combino los rezagos por su color y materia en su posible funcionalidad expresiva, y con ellos voy construyendo el cuadro, poblándolo de crueles fantasmas sugeridos por una realidad total, bella y elegante pero llena de llagas infecciosas bajo la pulcritud de su vestido.


Antonio Berni

jueves, 19 de junio de 2008

El día estaba nublado, gris; el polvo se acumulaba como el tiempo en la ciudad. Y en el tren, una, dos, cien miradas fijas en el vacío de una melodía exasperante que se repetía día tras día. En el aire flotaban conversaciones mecánicas, incoherentes; susurros babeantes de una placidez repugnante, de un malestar apenas disimulado. Y de repente, un grito infrahumano, insoportablemente molesto, agudo, rechinante, resquebrajó de arriba abajo el tren. Y ya nadie fue el mismo, todos miraron odiando al imbécil que había osado romper la pared impenetrable que los hipnotizaba a todos. El pobre diablo aullaba desesperado y se deshacía en gemidos incomprensibles, casi animales, y pataleaba como un loco sin cerrar la maldita boca, sin sentarse de una vez por todas bien sentado en el asiento de madera con la vista fija en el diario leyendo sin leer la noticia de los quién-sabe-cuántos muertos en un bombardeo entre los que había quién-sabe-cuántos niños y mujeres. Pero ahí estaba, sin dejar de convulsionarse, hasta que al fin se levantó como un poseído y reventó de un puñetazo una ventanilla haciendo temblar todo el tren. Respiró hondo, hondo, como si todo el aire pudiera limpiar su putrefacción, y con los hilos de sangre en la mano volvió tranquilamente a su asiento de madera a leer otra vez la noticia del bombardeo en una ciudad que no existía para él ni para nadie, mientras una bomba muy distinta había caído silenciosamente en ese tren y seguiría cayendo ensordeciéndolos hasta el final.

domingo, 1 de junio de 2008


Es por la inercia de la noche sin destino que siento la necesidad de violentar el aire hasta las últimas consecuencias. No busques en nada la explicación de la ironía y el sarcasmo que gotean mis palabras. Tengo que escupir a cada paso la estupidez reinante. A veces los fantasmas se vuelven contra uno. Mejor dejemos de hablar por hoy. Dejémonos en paz al menos un instante.

Un simple pestañeo puede traicionarnos, y así es como las maliciosas palabras ajenas son el relámpago que ilumina la oscuridad. Ha sido una noche larga y nuestras máquinas están fallando. Sin alterarse nos señalan el defecto. Y todo el plan se resquebraja y se viene abajo. Nos hierve la sangre y se nos revuelve el estómago. A veces uno resulta postrado en una cama durante días dándose cuenta de que todo se acercaba irremediablemente hasta el final, y sigue sin entenderlo. Se siente arrastrado por la corriente ciega del miedo y el misterio. Y se detiene con un golpe, se aleja violentamente del torrente y éste vuelve a sonreírle cínicamente. Y otra vez intentando superar la estupidez. No te preocupes, me repito. Es mi turno de arrasar.

lunes, 26 de mayo de 2008




La libertad es siempre la libertad para quien piensa diferente.

Rosa Luxemburgo

Duerme mi niño
y sueña con su payaso.
Duerme su dulce sueño
sobre mis brazos.

Duerma que el hacha mía
vela su sueño,
monte adentro bajo
el cielo santiagueño.

Sueña sin despertar
porque al alba tu llorarás
el payaso que mi hacha pobre
no te dio.

Algarrobal, algarrobal
¿Dónde está el Dios
de los pobres, Señor?
Hacha que no hacha
sudor y sudor
Hacha que no hacha
un payaso de sol.
Pronto será Navidad.

Cuando crezca mi chango
será un hachero.
Siempre sol, nunca luna
vida de obrero.

Hacha y hacha la vida
el jornalero
destino de andar triste
de enero a enero.

Algún día vendrán
hachas y hachas que cortarán
y mi chango con su payaso
reirá.

martes, 13 de mayo de 2008

Rusia, Febrero de 1917. Estatua del zar derribada por la multitud.


El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos.

miércoles, 30 de abril de 2008

Hasta el fondo


Debajo de toda esta telaraña espesa hay arañazos melancólicos, hay años y años suburbanos y gotas de alegría que se escurren por el cuerpo, y los ojos de uno están vueltos hacia adentro, hacia abajo con el cielo oscuro y la luz que se filtra en el corazón, la verdad es cruda y hoy no se grita, hoy se murmura y late en los rincones ardiendo en carne viva.
Un cohete al espacio no es huir, es ir a buscar porque hace falta enceguecerse para ver, hay que sentir cómo el suelo lastima y para eso hace falta arrastrarse sin asco y recibir la sonrisa irónica del idiotizado público. Los nervios de papel no sirven aquí y de todas maneras nunca se ven, a otra cosa mariposa y a hablar de lo que importa, de tus ojos de bestia herida y de todo lo que pasaste, no vas a perderte por una cosa así, no tiene sentido, a la vida hay que romperle los brazos y agarrarla por el cuello, hay que arrancarle las tripas y comérselas. Hay que viajar al centro de la tierra y dormir al calor del fuego; hay que acechar la noche en las esquinas y oler el miedo de las calles. Hay que saltar sobre el mundo y apoderarte de todo lo que encuentres.

jueves, 24 de abril de 2008

Half of what I say is meaningless
But I say it just to reach you, Julia.
Julia, Julia,
oceanchild, calls me
So I sing a song of love, Julia
Julia, seashell eyes,
windy smile, calls me
So I sing a song of love, Julia.
Her hair of floating sky is shimmering,
Glimmering, In the sun.
Julia, Julia, morning moon, touch me
So I sing a song of love, Julia.
When I cannot sing my heart
I can only speak my mind, Julia.
Julia, sleeping sand,
silent cloud, touch me
So I sing a song of love, Julia.
Hum hum hum hum… calls me
So I sing a song of love for Julia,
Julia, Julia.

domingo, 20 de abril de 2008





La presión allá arriba era intolerable, condensada, confusa. El corazón me ardía y la vista se me nublaba, mientras sentía el miedo y el deseo bombéandome en la sangre. Hacía tiempo que los demás lo veían, lo intuían, y me seguían con una especie de temor cariñoso, me agarraban las manos afiebradas y susurraban palabras que buscaban traerme de vuelta a la tierra, de vuelta al suelo seguro, el suelo duro como la piedra. Pero yo no conseguía apartar los ojos del aire, del viento.

-No queremos perderte. Realmente, las cosas no son así. No está todo tan mal, después de todo ya has pasado por esto. Si te vas no vas a volver.

A los tropezones conseguí subir, alejarme y ver la tierra a miles de kilómetros, sentirme en suspensión perfecta, expectante, con la mirada que se volcaba hacia abajo, con el cuerpo intensamente atraído al vacío, atraído al vértigo, al salto, al impulso, y los brazos y piernas temblando. El viento hipnótico, la inercia, el misterio. Ya no había miedo ni valor, sino una decisión simple: saltar o no saltar. Y salté.

-No te asustes que estamos para sostenerte. ¿Ves? Aquí estamos todos abajo esperándote.

Un vuelco. La mirada fija, cayendo en círculos, y el aire desplegándose en mi pecho. La fuerza, la gravedad. Lo grave de la tierra me atraía. Y podrían haber pasado cientos de años mientras caía. Ahora era tarde, tarde para todo. La confusa llamada llegaba a su fin.


-Ahora ya no te tenemos, estás sola, estamos acá pero no hay nadie para sostenerte. ¿Ven? No hay nadie que la sostenga.


La sangre bajaba a mi cabeza, vertiginosamente, y yo no podía pensar; sólo sentía una furiosa alegía recorriéndome el cuerpo. Sólo la sensación de la inminencia, del suelo duro como la piedra, de vuelta a la tierra. Y enfrentando ya el golpe, en el último momento el paracaídas se abrió y mi cuerpo rodó, mientras la tela de colores se extendía bajo el sol.


lunes, 14 de abril de 2008

Escribir no es desnudarse. Uno dice solamente lo que está dispuesto a decir. En todo caso lo dice más claro, lo que siempre resulta revelador. Pero si no digo las cosas que siento en persona ¿qué me hizo pensar que iba a poder ponerlas por escrito?
En fin, qué triste es ser una cobarde. Ojalá pudiera decir todo de una vez. Mucho riesgo.

domingo, 13 de abril de 2008

“Me he bebido dieciocho vasos bien llenos de whisky. Eso es un record. Eso es todo lo que yo he conseguido en 39 años".

Dylan Thomas
Maldita la sed que le abrasaba la garganta. Y todo por la estupidez de tomar agua salada. Pero el deseo era irresistible. El pobre imbécil, atontado por el sol implacable. Solo en el mar. Y claro...
Mareado, se inclinó y vomitó sobre la cubierta. Y vio cómo el mar le devolvía una mueca de asco.
Se acostó desorientado sobre el fondo del bote, tapándose los ojos. Así que eso era todo. Anonadado.
Cerró los ojos, resoplando. Iba a la deriva. A la deriva en el mar, a la deriva en la vida. Parecía lo más lógico. Claro que nunca se había acostumbrado a la sensación de estar perdido y sin rumbo fijo. A esas cosas nadie se acostumbra. Y como buen perdedor, como buen fracasado, empezó a lamentarse.
Se lamentó primero de su infancia solitaria donde veía a los niños revolcándose en el barro, pero él no podía porque se le iban a infectar las heridas hechas por el padre. Porque la madre lo iba a meter en la pileta escupiendo insultos y llorando porque ella tendría que haber sido bailarina y no casarse con ese infeliz.
Se lamentó de haber pasado la adolescencia mirando a todos los otros, andrajoso y fumando como un desquiciado. Solo, porque no había aguantado más entre el padre borracho y la madre loca.
Lamentó su carácter huraño y despreciable, porque su único amor no lo había aguantado. Lamentó las noches tumbado en la suciedad, en la mugre y el frío.
Antes de poder seguir lamentándose, una sombra le cubrió el rostro y abrió los ojos. Los buitres se acercaban en círculos amenazantes, pero curiosamente tenían los ojos de la madre, del padre y de la amada. Y fue lo último que vio antes de desvanecerse mientras el bote se balanceaba plácidamente bajo el sol.

sábado, 12 de abril de 2008

Las siestas de sol te alejan un poco; parece que respiraras solamente calma y deseos, sobre todo caminando por la calle con el sol escurriéndose entre las hojas de los árboles. La emoción se desliza en cualquier detalle, y ese detalle resultó ser un techo en construcción y un pibe trabajando, con la espalda desnuda y una gorra para el sol, allá suspendido, con el cielo azul y el cemento que viéndolo así no me resultaba tan gris. Alto, bien alto, el calor deteniéndose en su piel, y yo hinchándome de gozo. Y vos allá, sin saber que acá abajo alguien estaba deseándote: tu cuerpo, tu sol y tu arriba.

jueves, 10 de abril de 2008

Si los tiburones fuesen hombres




-Si los tiburones fuesen hombres- preguntó al señor K la hijita de su patrona-, ¿serían entonces simpáticos con los pececillos?
-Seguro -dijo él-; si los tiburones fuesen hombres, mandarían construir enormes cajas en el mar depositando en su interior toda clase de alimentos, plantas, así como también materias orgánicas, además siempre se preocuparían de que las cajas tuvieran agua fresca, y, en resumidas cuentas, que dispusieran de toda clase de medidas sanitarias; si, por ejemplo, un pececillo se hiriese en la aleta, se la vendarían inmediatamente pues con eso impedirían que se les murieran antes de tiempo. También darían grandes fiestas acuáticas para divertir a los pececillos, ya que éstos saben mejor si no están tristes.
Naturalmente, habría escuelas dentro de las grandes cajas. En esas escuelas los pececillos aprenderían a nadar en las fauces de los tiburones, necesitando también conocimientos de Geografía para poder encontrar esos lugares en donde los escualos holgazanean.
Por supuesto que tampoco habría que olvidar el perfeccionamiento moral de los pececillos; instruyéndoseles acerca de que lo más elevado y hermoso para un pececillo consiste en que éste debe sacrificarse por los tiburones si ellos se lo dicen y que también debe creerles si les explican que se preocupan con objeto de que tengan un bonito futuro, por ello se enseñaría a los pececillos que ese porvenir sólo lo tendrían si aprenden a ser dóciles y obedientes. Ante todo deberían guardarse del materialismo, el egoísmo y el marxismo. Si alguno de los pececillos revelasen semejantes tendencias a sus compañeros éstos tendrían el deber de delatarles inmediatamente a los tiburones.
Si los tiburones fuesen hombres, se harían la guerra los unos a los otros, naturalmente, para conquistar más cajas, y a pececillos extranjeros, obligando a sus propios pececillos a combatir en tales guerras.
Los tiburones enseñarían a los pececillos, que, entre ellos, y los pececillos de los otros tiburones, existen gigantescas diferencias. También les advertirían que aunque todos los pececillos sean mudos, lo que sucede es que callan en idiomas diferentes, y, por lo tanto, es imposible que lleguen a entenderse.
A cada pececillo que en una guerra matase a un par de pececillos enemigos, de los que callan en otras lenguas, se les regalaría una pequeña condecoración marina, dándosele el título de héroe.
Si los tiburones fuesen hombres, tendrían, por supuesto, sus habilidades. Habrían hermosos retratos sobre los dientes de los tiburones, pintados en magníficos colores, presentando sus fauces como límpidos jardines de ocio y recreo en donde todos se reunirían sin faltar ninguno.
Los teatros del fondo del mar mostrarían a los heroicos pececillos nadando entusiasmados por entre las fauces de los tiburones, siendo el sonido de la música tan hermoso que mecidos como en un ensueño por las sensaciones más deliciosas, los pececillos serían arrastrados por las corrientes acuáticas siguiendo a la banda de músicos, para precipitarse en el interior de las fauces de los tiburones.
También habría una religión si los tiburones fuesen hombres. En ella se enseñaría a los pececillos que la verdadera vida comienza en el vientre de los tiburones.
Por lo demás, si los tiburones fuesen hombres, los pececillos no serían todos iguales como ahora son; algunos obtendrían empleos que les permitirían legalmente ser superiores a los demás, y hasta poseerían el derecho, los más grandes, de comerse a los pececillos más pequeños.
Los tiburones encontrarían esto muy agradable ya que les daría ocasión de ingerir grandes porciones de comida.
Y los pececillos más gordos estarían ocupando los mejores puestos; serían los encargados de mantener el orden entre los demás pececillos, siendo los maestros u oficiales, ingenieros de cajas, etc.
En resumidas cuentas: si los tiburones fuesen hombres, habría una cultura en el mar.


Bertolt Brecht

lunes, 7 de abril de 2008

¿Qué quiero?

Quiero tenerte entre mis brazos. Quiero abandonarme en tus ojos y sentir que llegué a algún puerto. Quiero tu risa, quiero tu calor.
Quiero volar encima del aire enrarecido que nos asfixia. Quiero tener valor, algo que siempre me faltó. Quiero desprenderme de mi vaciedad, dar lo poco que tengo. Dártelo.
Cuántos ya te habrán escrito. Cuántos te vivieron, madre y amante, cuántos te habrán confundido con su dolor.
Quiero que llegues...no me dejes morir sin ti.
Tengo ganas de vomitar, no entiendo nada, no entiendo el silencio que me acorrala, odio cada maldita palabra falsa que me ronda, me da asco, me doy asco. A dormir y mañana será otro día, seguramente mañana el estómago me dará una tregua.

Ay

Qué estúpidamente tierna la ilusión de querer conocerme más, las preguntas ingenuas o agresivas, las miradas intensas y las manos que me buscan. Si yo hubiera contestado a todos los que me insistieron, si hubiera vaciado mi corazón en ellos, ¿qué quedaría de mí? Nada, porque me hubieran arrancado de a pedazos de mi cuerpo, alejándose para siempre y yo quedándome aquí, sin mí.

domingo, 6 de abril de 2008

¿Qué más puedo decir?



Todo el día había sido extraño, calmado pero violento, con revelaciones extrañas y mentiras cruzadas. Y así fue que en un inútil abrazo se volcó nuestra tristeza, nuestra insignificancia. Y al ritmo torpe de las caricias, al susurro hueco de tus palabras, terminamos enredados e infelices en una habitación desnuda y oscura, donde los besos húmedos y el contacto descarnado y primitivo no conseguían mitigar el aire frío que entraba por la ventana ni encender un poco las sombras de la noche.
Y la violenta inercia y el vacío que flotaba entre nosotros hicieron el resto. Caíste sobre mí sin verme, lanzándote ciegamente, cuando vos te quedabas atrás, y me mirabas como implorante. Y así te recibí yo, con mirada esquiva y silenciosa, con un rencor que no era hacia vos, intentando consolarte y preguntándome qué diablos hacíamos ahí mientras la mañana fría se anunciaba y una luz grisácea inundaba nuestros cuerpos y tratábamos inútilmente de vencer el desencuentro.

sábado, 5 de abril de 2008


Arrójate bajo las ruedas! El aire helado hace arder tu alma...Corre, pobre desorientado, buscando lo invisible, escarbando en la suciedad, gritando al cielo puro y aterrador. Y uno, dos, tres compases implacables, la música que lo arrastra y lo eleva, y corre...

viernes, 4 de abril de 2008

Este cuento es increíble, lo leí (traducido) en Puto y aparte, un blog que recomiendo calurosamente.

Bala en el cerebro
Tobias Wolff
Traducción: Xtian Rodriguez


Anders llegó al banco poco antes de la hora de cierre, así que por supuesto la cola era interminable y quedó ubicado detrás de dos mujeres que, con su estridente y estúpida conversación, lo pusieron de un humor asesino. De cualquier manera nunca estaba del mejor humor, Anders—un crítico literario conocido por el cansado y elegante salvajismo con el que despachaba casi todo lo que reseñaba.
Aunque la cola serpenteaba siguiendo la cuerda, una de las cajeras puso un cartel de “caja cerrada” en su ventanilla, caminó hacia la parte de atrás del banco, se apoyó contra un escritorio y empezó a hacer tiempo con un hombre que ordenaba papeles. Las mujeres delante de Anders interrumpieron su conversación y observaron a la cajera con odio. “Ah, qué bien”, dijo una de ellas. Se volvió hacia Anders y agregó, confiada en su complicidad, “Uno de esos toquecitos humanos que nos hacen volver por más.”
Anders había acumulado ya su propio odio contra la cajera, pero inmediatamente lo desvió hacia la quejosa presumida que tenía delante. “Es tan injusto”, dijo. “Trágico, realmente. Si no están amputando la pierna equivocada o bombardeando un pueblo ancestral, están cerrando una ventanilla.”
Ella defendió su posición. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Sólo creo que es una pésima manera de tratar a los clientes.”
—Imperdonable—dijo Anders.—El cielo tomará nota.
Ella aspiró y ahuecó sus mejillas, miró más allá de él y no dijo nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, miraba en la misma dirección. Y entonces los cajeros dejaron de hacer lo que hacían y los clientes giraron lentamente y un silencio invadió el banco. Dos hombres con pasamontañas negros y trajes azules estaban parados al lado de la puerta. Uno de ellos apretaba una pistola contra el cuello del guardia. Los ojos del guardia estaban cerrados y sus labios se movían. El otro hombre tenía una escopeta recortada. “¡Todos callados la boca!”, dijo el hombre con la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguno de los cajeros acciona la alarma son todos boleta. ¿Entendieron?”
Los cajeros asintieron.
—Bravo—dijo Anders.—Boleta—. Giró hacia la mujer que tenía delante.—Excelente guión, eh. La inexorable y aguerrida poesía de las clases peligrosas.
Ella lo miró con los ojos húmedos.
El hombre de la escopeta empujó al guardia hasta hacerlo arrodillar. Le dio la escopeta a su compañero, tomó con firmeza las muñecas del guardia y le esposó las manos en la espalda. Lo derribó al piso con una patada entre los omóplatos. Luego tomó la escopeta otra vez y fue hacia la puerta de seguridad ubicada al final de la hilera de cajas. Era petiso y pesado y se movía con una peculiar lentitud, casi con apatía. “Ábranle”, dijo su compañero. El hombre con la escopeta abrió la puerta y avanzó despacio por detrás de los cajeros, entregando a cada uno una bolsa de plástico. Cuando encontró la ventanilla vacía miró al hombre de la pistola, que dijo, “¿De quién es esta caja?”
Anders miró a la cajera. Ella puso una mano en su garganta y giró hacia el hombre con el que hablaba. El hombre asintió. “Mía”, dijo ella.
—Entonces mové ese culo feo y llená esta bolsa.
—Ahí tiene—le dijo Anders a la mujer que tenía delante.—Se hace justicia.
—¡Vos, genio! ¿Te di permiso para que hables?
—No—dijo Anders.
—Entonces cerrá el pico.
—¿Escucharon eso? —dijo Anders.—Genio. Parece sacado de
Los asesinos.
—Por favor, cállese—dijo la mujer.
—¿Sos sordo?—El hombre con la pistola fue hasta donde estaba Anders. Le clavó la punta de la pistola en el estómago.—¿Te pensás que estoy jugando?
—No—dijo Anders. Pero el caño le hizo cosquillas como un dedo rígido y tuvo que esforzarse para no reír. Para aguantarse se forzó a mirar al hombre a los ojos, que eran claramente visibles detrás del pasamontañas de la máscara: celestes, y con los bordes rojizos. El párpado del ojo izquierdo temblaba. El hombre suspiró y exhaló un penetrante olor a amoníaco que sacudió a Anders más que todo lo que había sucedido hasta ese momento, e hizo que comenzara a desarrollar un sentimiento de incomodidad cuando de pronto el hombre lo aguijoneó otra vez con la pistola.
—¿Te gusto, genio? —dijo.—¿Querés chuparme la pija?
—No—dijo Anders.
—Entonces dejá de mirarme.
Anders fijó sus ojos en los mocasines del hombre.
—No ahí abajo, acá arriba—. Metió la pistola bajo la pera de Anders y la empujó hacia arriba hasta que lo dejó mirando el techo.
Anders nunca había prestado mucha atención a esa parte del banco, un viejo edificio pomposo con pisos, pilares y mostradores de mármol y arabescos dorados sobre las ventanillas de las cajas. La cúpula en el techo estaba decorada con figuras mitológicas envueltas en togas a cuya fealdad regordeta Anders apenas había echado una mirada hacía muchos años y luego había declinado prestar atención. Ahora no tenía más opción que estudiar el trabajo del pintor. Era peor de lo que recordaba, y todo había sido ejecutado con la mayor seriedad. El artista tenía unos pocos trucos en la manga y los usaba una y otra vez: cierto tono rosado en la parte inferior de las nubes, una tímida mirada hacia atrás en las caras de los cupidos y los faunos. El techo estaba atiborrado con variados dramas, pero el que captó el ojo de Anders era el de Zeus y Europa—retratados, en esta versión, como un toro clavando la mirada en una vaca desde detrás de un montón de heno. Para hacer sexy a la vaca el pintor le había torcido las caderas sugestivamente y la había dotado de unas largas pestañas lánguidas a través de las cuales observaba al toro en una sensual bienvenida. El toro esgrimía una sonrisa afectada y sus cejas estaban arqueadas. De haber existido un globo de historieta saliendo de su boca habría dicho “Cuchi cuchi”.
—¿De qué te reís, genio?
—De nada.
—¿Te parezco gracioso? ¿Te pensás que soy un payaso?
—No.
—¿Te pensás que podés joder conmigo?
—No.
—Seguí jodiendo y sos boleta. ¿Capische?
Anders estalló en una carcajada. Tapó su boca con ambas manos y dijo “Lo siento, lo siento”, y luego resopló por la nariz a través de sus dedos y dijo “Capische, oh dios, capische“, y en ese momento el hombre de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.
La bala impactó en el cráneo de Anders y atravesó su cerebro y salió detrás de su oreja derecha, dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y más atrás, hacia los ganglios basales y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto ocurriera, la primera aparición de la bala en el cerebro desencadenó una cadena chisporroteante de reacciones iónicas y neuro-transmisiones. El peculiar origen de estas reacciones les imprimió un patrón peculiar, reviviendo azarosamente una tarde de verano de hacía cuarenta años, y que hacía mucho tiempo había sido olvidada. Luego de impactar el cráneo, la bala se movía a 300 metros por segundo, una marcha patéticamente lenta y glacial comparada con los relámpagos sinápticos que estallaban a su alrededor. Una vez en el cerebro la bala cayó bajo el control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders tiempo suficiente para contemplar la escena que, en una frase que Anders hubiera aborrecido, “se representó frente a sus ojos”.
Vale la pena notar lo que Anders no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que más había amado locamente en ella, antes de que comenzara a irritarlo: su desvergonzada carnalidad, y especialmente la forma cordial que tenía de dirigirse a su miembro, que ella llamaba Mister Mole, como en “Oh, parece que Mister Mole quiere jugar” o “¡Juguemos a la escondida con Mister Mole!” Anders no recordó a su esposa, a quien también había amado hasta que lo cansó con su rutina, o a su hija, ahora una malhumorada profesora de economía en Dartmouth. No recordó estar parado frente a la puerta de la habitación de su hija mientras ella retaba a su oso de peluche diciéndole que se había portado mal y describía los escalofriantes castigos que le esperaban a Garras a menos que cambiara su comportamiento. No recordó una sola línea de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder erizarse la piel a voluntad: ni “Silencioso, en la cima de una montaña en Darien”, ni “Oh dios, hoy escuché”, ni “¿Todas las bellas? ¿Dijiste todas? ¡Oh Dios! ¿Todas?” Ninguno de estos versos recordó; ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de su padre “debería haberlo apuñalado mientras dormía”.
No recordó al profesor Josephs contándole a la clase cómo los prisioneros atenienses en Sicilia podrían haber sido liberados si recitaban Esquilo ni cuando el mismo Josephs recitó Esquilo, a continuación, en griego. Anders no recordó cómo sus ojos habían ardido con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la solapa de una novela no mucho tiempo después de la graduación, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de respetar.
Tampoco recordó Anders ver haber visto a una mujer arrojarse a su muerte desde un edificio enfrente del suyo días después del nacimiento de su hija. No recordó haber gritado “¡Dios, ten piedad!”. No recordó haber chocado el auto de su padre a propósito contra un árbol, o las patadas en las costillas de tres policías en una marcha contra la guerra, o despertarse riendo. No recordó cuando comenzó a mirar los libros apilados en su escritorio con recelo y desdén, o cuando empezó a detestar a los escritores por escribirlos. No recordó cuándo todo empezó a recordarle otra cosa.
Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el mundo de los insectos, él mismo reclinado contra un árbol mientras los chicos del barrio se reunen para armar un partido. Él observa mientras los demás discuten el talento relativo de Mantle y de Mays. Han estado preocupados por este tema todo el verano y se ha vuelto tedioso para Anders: una opresión, como el calor.
Entonces llegan los últimos dos muchachos, Coyle y un primo de él de Mississippi. Anders nunca ha visto al primo de Coyle antes y nunca lo volverá ver. Anders dice hola con los otros y no le presta más atención hasta que han elegido equipo y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el muchacho. “Parador en corto es la mejor posición que es”. Anders gira y se queda mirándolo. Quiere escuchar al primo de Coyle repetir lo que acaba de decir, pero sabe que no debe preguntar. Los otros pensarán que es un creído, burlándose del chico por su gramática. Pero no es eso, no es eso para nada: es que Anders está extrañamente exaltado, iluminado por esas dos palabras finales, su sorpresa y su música. Entra al campo en un trance, repitiendo esas palabras para sí.
La bala ya está en el cerebro; no será demorada por siempre, su avance no se detendrá. Al final hará su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del salón. Y eso no podrá evitarse. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras que se alarguen en el pasto, tiempo para que el perro le ladre a la pelota que vuela, tiempo para que el muchacho en el sector izquierdo del campo golpetee su guante negro de transpiración y suavemente entone, Que es, que es, que es.

lunes, 31 de marzo de 2008

A las luces embriagantes y el viento frío había posibilidad de explicarlas, como no la había para el frío y la embriaguez. Toda la noche era un espectro que latía hondamente y un río que escapaba sangrando en la oscuridad, sin que uno supiera muy bien hacia dónde corría. Las calles trazaban imperiosamente su obstinado recorrido, un mapa bien dibujado donde cada cosa tenía su lugar. Pero he aquí que al caminar meditabundo por ellas uno se encontraba doblando una, dos, cien veces la misma esquina; encontrarse siempre con que faltaban pocas cuadras para llegar al final y súbitamente, encontrarse en una ciudad distinta, más grande y más complicada y más absurda, casi demasiado como para recorrerla porque ya uno estaba fatigado; además de que evidentemente todo eran delirios de borrachera y mañana desaparecería la ciudad y desaparecería con ella el intento de explicarla, el intento de agarrar con los dedos el agua del río sangrante. Y nace el deseo de quedarse siempre caminando entre la dulce escenografía de cartón, y la suave y melancólica placidez lleva a sentarse tranquilamente en el banco de una plaza hasta mañana, respirando la quietud anónima. Se siente arrastrado por el agua fría que a su paso destruye todas las ciudades, alterando cualquier mapa trazado sobre la arena. No pude menos que reír mirando cómo la esquina por la que pasé mil veces se mezclaba con la que nunca conseguí pisar. Y el agua arremolinando todo, y la luna reflejándose en el agua y mezclándose con ella.
Pero toda esa fiebre que flota en el aire no puede ocultar el frío que me nace en los huesos, la noche cruel de hambre y azotes, ni los perros que aúllan al aire, hiriéndolo. Entonces otra vez todo se corta en seco, el aire se hace de piedra igual que tu mirada, el río se congela porque no encuentra sentido ya en desbordarse por todos lados. Y el golpe brutal y discordante sacude los cimientos de la noche y de todos esos edificios que admirábamos hace apenas un instante, como sólo un idiota puede hacer, sin ver los aviones que vienen a estrellarse, los gritos y el sálvese quien pueda, detrás del que vienen las lágrimas que en algunos lugares no se extinguirán jamás. Así los pasos se detienen hasta un momento más propicio, aunque yo no lo quiera.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Ojalá las cosas hubieran sido de otra manera. Pero son así, y qué le vamos a hacer. Por más que desespere y le dé puñetazos a la pared, seguiré estando aquí, ya sólo queda pensar en algo más.
No derrames tu burla sobre mí
tal vez te estés equivocando
o estés olvidando algo
que veo esas manchas en tu ropa
que escucho tu voz cuando se quiebra
al menos yo no lo escondo
ni siquiera intentes tocarme
porque voy a hacerte pedazos
sólo eres un vaso a medio llenar
y te sientes rebalsar
¡Estúpido!¡Las pinturas sólo tienen un lado para mirar!

lunes, 17 de marzo de 2008

Pasos amenazantes y ridículos, pero siniestros.
La melosa y cruel voz sisea
que la locura es un crimen imperdonable
mucho más, los sentimientos
¡Tenías que hablar, maldita sea!
Sé lo que vas a decir
¿Crees que no lo sabemos?
¿Que nadie sabe que esto es una gran y podrida Farsa?
¡Diablos!¿Porqué tuviste que dejarme?
Ahora estás muerto
* * *
¡Mi bebé!
Déjame tenerte en mis brazos
¿Por qué todo es tan cruel?
Cómo desearía que no hubieras nacido
Cómo desearía llevarte conmigo
Cómo desearía dejarte libre
No me llames, déjame ir
No llores
Lamento dejarte sólo mis miedos
* * *
Estoy perdido ahora
no soporto el gris encierro
déjenme en paz
ustedes están igual de locos que yo
cuál es el maldito problema?
déjennos en paz
gusanos insignificantes
no olvides que tu locura es mucho peor que la mía
porque te crees normal
¡Basta! ¡Aquí nadie es normal!
* * *
No entiendes, basura
así son las cosas y así tienen que ser
¡demasiado estúpido para entender!
Nunca lo olvides
o seguirás teniendo problemas
Me dais asco
Os deberían matar a todos!
* * *
Odio decírtelo, pero no vas a doblegarme
Seguiré resistiendo
ni siquiera me hables, sólo me haces reír
Veamos cómo puedes ahora con todos nosotros
ya veo el terror en tus ojos
Ya me alejé hace tiempo del suelo
ya sólo me queda volar hacia el sol
y es terriblemente difícil
extraño el suelo frío y seguro
pero mis entrañas arden y me impulsan hacia arriba
si quieren venir conmigo, mejor
pero si no, no puedo obligarlos
susurros cómplices con el viento
locura arrebatada en la soledad de las nubes
mi mirada fija en el horizonte
que nunca he podido alcanzar
me refugio en un hueco de las montañas
porque no puedo con las ráfagas heladas
ni con la lluvia que me hiere
burlándose de mí
Mi caverna me seduce
y me encierro en la tibieza del invierno
y recuerdo momentos mejores
y espero allí un larguísimo tiempo
tanto, que ya todos murieron
y desespero de dolor
con la mirada baja, quiero remontar
pero he olvidado cómo
y tengo que aprender otra vez
mi vista se nubla por las lágrimas
no puedo entenderlo
De las sombras dormidas emerge una voz
un susurro anhelante y dolorido
y suplica
y grita
y su voz hiere el aire callado
y quién podría responder?
Si el llamado ya atravesó el mundo
y lo estremeció
y las palabras están de más
vuelve lentamente al sopor
intenta olvidar el dolor
y el grito sigue rasgando la noche fría y azul
Una y otra vez, desesperadamente
y a su grito se une otro
y otro
y otro
y otro
y ya son miles de voces clamando
y el cielo se tiñe de rojo
y el hielo arde
y el grito sólo suena
cuando se convierte en una marea de aullidos

miércoles, 12 de marzo de 2008

¿Qué es el poeta, miserable y tuberculoso, harapiento y desdichado, al lado de los versos que estremecen de belleza y locura? Todos se olvidarán del poeta y amarán su poesía; yo haré como el poeta y me olvidaré de mí misma, y amaré mi mundo nacido del caos. Daré vueltas en las estrellas, me hundiré en el mar...no puedo apartar mis ojos del cielo circular...soy sólo una línea de humo, espero arder de una vez; pero seré sólo una chispa en la hoguera, y nadie me recordará.

Y así será, nomás;
echaré mis pensamientos a volar
y las sombras se agrandarán sobre la tierra...

lunes, 10 de marzo de 2008

Esto lo estoy tocando mañana



-El nombre de la estrella es Ajenjo -está diciendo Johnny, y de golpe oigo su otra voz, la voz de cuando está... ¿cómo decir esto, cómo describir a Johnny cuando está de su lado, ya solo otra vez, ya salido? Inquieto, me bajo del pretil, lo miro de cerca. Y el nombre de la estrella es Ajenjo, no hay nada que hacerle.

-El nombre de la estrella es Ajenjo -dice Johnny, hablando para sus dos manos-. Y sus cuerpos serán echados en las plazas de la grande ciudad. Hace seis meses.

-Oye, hace un rato dijiste que en el libro faltaban cosas.

(Atención, ahora.)

-¿Que faltan cosas, Bruno? Ah, sí, te dije que faltaban cosas. Mira, no es solamente el vestido rojo de Lan. Están... ¿Serán realmente urnas, Bruno? Anoche volví a verlas, un campo inmenso, pero ya no estaban tan enterradas. Algunas tenían inscripciones y dibujos, se veían gigantes con cascos como en el cine, y en las manos unos garrotes enormes. Es terrible andar entre las urnas y saber que no hay nadie más, qué soy el único que anda entre ellas buscando. No te aflijas, Bruno, no importa que se te haya olvidado poner todo eso. Pero, Bruno -y levanta un dedo que no tiembla- de lo que te has olvidado es de mí.

-Vamos, Johnny.

-De mí, Bruno, de mí. Y no es culpa tuya no haber podido escribir lo que yo tampoco soy capaz de tocar. Cuando dices por ahí que mi verdadera biografía está en mis discos, yo sé que lo crees de verdad y además suena muy bien, pero no es así. Y si yo mismo no he sabido tocar como debía, tocar lo que soy de veras... ya ves que no se te pueden pedir milagros, Bruno. Hace calor aquí adentro, vámonos.

Lo sigo a la calle, erramos unos metros hasta que en una calleja nos interpela un gato blanco y Johnny se queda largo tiempo acariciándolo. Bueno, ya es bastante; en la plaza Saint-Michel encontraré un taxi para llevarlo al hotel e irme a casa. Después de todo no ha sido tan terrible; por un momento temí que Johnny hubiera elaborado una especie de antiteoría del libro, y que la probara conmigo antes de soltarla por ahí a todo trapo. Pobre Johnny acariciando un gato blanco. En el fondo lo único que ha dicho es que nadie sabe nada de nadie, y no es una novedad. Toda biografía da eso por supuesto y sigue adelante, qué diablos. Vamos, Johnny, vamos a casa que es tarde.

-No creas que solamente es eso -dice Johnny, enderezándose de golpe como sí supiera lo que estoy pensando-. Está Dios, querido. Ahí sí que no has pegado una.

-Vamos, Johnny, vamos a casa que es tarde.

-Está lo que tú y los que son como mi compañero Bruno llaman Dios. El tubo de dentífrico por la mañana, a eso le llaman Dios. El tacho de basura, a eso le llaman Dios. El miedo a reventar, a eso le llaman Dios. Y has tenido la desvergüenza de mezclarme con esa porquería, has escrito que mi infancia, y mi familia, y no sé qué herencias ancestrales... Un montón de huevos podridos y tú cacareando en el medio, muy contento con tu Dios. No quiero tu Dios, no ha sido nunca el mío.

-Lo único que he dicho es que la música negra...

-No quiero tu Dios -repite Johnny-. ¿Por qué me lo has hecho aceptar en tu libro? Yo no sé si hay Dios, yo toco mi música, ya hago mi Dios, no necesito de tus inventos, déjaselos a Mahalia Jackson y al Papa, y ahora mismo vas a sacar esa parte de tu libro.

-Si insistes -digo por decir algo-. En la segunda edición.

-Estoy tan solo como este gato, y mucho más solo porque lo sé y él no. Condenado, me está plantando las uñas en la mano. Bruno, el jazz no es solamente música, yo no soy solamente Johnny Carter.

-Justamente es lo que quería decir cuando escribí que a veces tocas como...

-Como si me lloviera en el culo -dice Johnny, y es la primera vez en la noche que lo siento enfurecerse-. No se puede decir nada, inmediatamente lo traduces a tu sucio idioma. Si cuando yo toco tú ves a los ángeles, no es culpa mía. Si los otros abren la boca y dicen que he alcanzado la perfección, no es culpa mía. Y esto es lo peor, lo que verdaderamente te has olvidado de decir en tu libro, Bruno, y es que yo no valgo nada, que lo que toco y lo que la gente me aplaude no vale nada, realmente no vale nada.

Rara modestia, en verdad, a esa hora de la noche. Este Johnny...

- ¿Cómo te puedo explicar? -grita Johnny poniéndome las manos en los hombros, sacudiéndome a derecha y a izquierda. (La paix!, chillan desde una ventana)-. No es una cuestión de más música o de menos música, es otra cosa... por ejemplo, es la diferencia entre que Bee haya muerto y que esté viva. Lo que yo toco es Bee muerta, sabes, mientras que lo que yo quiero, lo que yo quiero... Y por eso a veces pisoteo el saxo y la gente cree que se me ha ido la mano en la bebida. Claro que en realidad siempre estoy borracho cuando lo hago, porque al fin y al cabo un saxo cuesta muchísimo dinero.

-Vamos por aquí. Te llevaré al hotel en taxi.

-Eres la mar de bueno, Bruno -se burla Johnny-. El compañero Bruno anota en su libreta todo lo que uno le dice, salvo las cosas importantes. Nunca creí que pudieras equivocarte tanto hasta que Art me pasó el libro. Al principio me pareció que hablabas de algún otro, de Ronnie o de Marcel, y después Johnny de aquí y Johnny de allá, es decir que se trataba de mí y yo me preguntaba ¿pero éste soy yo?, y dale conmigo en Baltimore, y el Birdland, y que mi estilo... Oye -agrega casi fríamente-, no es que no me dé cuenta de que has escrito un libro para el público. Está muy bien y todo lo que dices sobre mi manera de tocar y de sentir el jazz me parece perfectamente O.K. ¿Para qué vamos a seguir discutiendo sobre el libro? Una basura en el Sena, esa paja que flota al lado del muelle, tu libro. Y yo esa otra paja, y tú esa botella que pasa por ahí cabeceando. Bruno, yo me voy a morir sin haber encontrado... sin...

Lo sostengo por debajo de los brazos, lo apoyo en el pretil del muelle. Se está hundiendo en el delirio de siempre, murmura pedazos de palabras, escupe.

-Sin haber encontrado -repite-. Sin haber encontrado...

-¿Qué querías encontrar, hermano? -le digo-. No hay que pedir imposibles, lo que tú has encontrado bastaría para...

-Para ti, ya sé -dice rencorosamente Johnny-. Para Art, para Dédée, para Lan... No sabes cómo... Si, a veces la puerta ha empezado a abrirse... Mira las dos pajas, se han encontrado, están bailando una frente a la otra... Es bonito, eh... Ha empezado a abrirse... el tiempo... yo te he dicho, me parece, que eso del tiempo... Bruno, toda mi vida he buscado en mi música que esa puerta se abriera al fin. Una nada, una rajita... Me acuerdo en Nueva York, una noche... Un vestido rojo. Sí, rojo, y le quedaba precioso. Bueno, una noche estábamos con Miles y Hal... llevábamos yo creo que una hora dándole a lo mismo, solos, tan felices... Miles tocó algo tan hermoso que casi me tira de la silla, y entonces me largué, cerré los ojos, volaba. Bruno, te juro que volaba... Me oía como si desde un sitio lejanísimo pero dentro de mí mismo, al lado de mí mismo, alguien estuviera de pie... No exactamente alguien... Mira la botella, es increíble cómo cabecea... No era alguien, uno busca comparaciones... Era la seguridad, el encuentro, como en algunos sueños, ¿no te parece?, cuando todo está resuelto, Lan y las chicas te esperan con un pavo al horno, en el auto no atrapas ninguna luz roja, todo va dulce como una bola de billar. Y lo que había a mi lado era como yo mismo pero sin ocupar ningún sitio, sin estar en Nueva York, y sobre todo sin tiempo, sin que después... sin que hubiera después... Por un rato no hubo más que siempre... Y yo no sabía que era mentira, que eso ocurría porque estaba perdido en la música, y que apenas acabara de tocar, porque al fin y al cabo alguna vez tenía que dejar que el pobre Hal se quitara las ganas en el piano, en ese mismo instante me caería de cabeza en mí mismo...

Llora dulcemente, se frota los ojos con sus manos sucias. Yo ya no sé qué hacer, es tan tarde, del río sube la humedad, nos vamos a resfriar los dos.

-Me parece que he querido nadar sin agua -murmura Johnny-. Me parece que he querido tener el vestido rojo de Lan pero sin Lan. Y Bee está muerta, Bruno. Yo creo que tú tienes razón, que tu libro está muy bien.

-Vamos, Johnny, no pienso ofenderme por lo que le encuentres de malo.

-No es eso, tu libro está bien porque... porque no tiene urnas, Bruno. Es como lo que toca Satchmo, tan limpio, tan puro. ¿A ti no te parece que lo que toca Satchmo es como un cumpleaños o una buena acción? Nosotros... Te digo que he querido nadar sin agua. Me pareció... pero hay que ser idiota... me pareció que un día iba a encontrar otra cosa. No estaba satisfecho, pensaba que las cosas buenas, el vestido rojo de Lan, y hasta Bee, eran como trampas para ratones, no sé explicarme de otra manera... Trampas para que uno se conforme, sabes, para que uno diga que todo está bien. Bruno, yo creo que Lan y el jazz, sí, hasta el jazz, eran como anuncios en una revista, cosas bonitas para que me quedara conforme como te quedas tú porque tienes París y tu mujer y tu trabajo... Yo tenía mi saxo... y mi sexo, como dice el libro. Todo lo que hacía falta. Trampas, querido... porque no puede ser que no haya otra cosa, no puede ser que estemos tan cerca, tan del otro lado de la puerta...