domingo, 24 de agosto de 2008
Si supiera bien que és la libertad, me lanzaría hacia ella sin pensarlo, abandonaría todo lo que tengo, ciegamente, a cualquier precio lucharía por ella, pero el problema es que nunca he conocido la libertad, nunca nadie la ha conocido de verdad, y por eso las nubes turbias oprimen tristemente nuestras almas, por eso la tortura rutinaria, asfixiante de cada día; por eso vamos perdiendo a cada segundo las últimas gotas de cordura...
viernes, 25 de julio de 2008
viernes, 18 de julio de 2008
En la azorada caminata de la noche
atormentada y vacía
del cortejo de luces y ruidos
voy perdiéndome de a poco
Y las calles se van haciendo indiferentes
a mi opinión,
y se vuelven insulsas y distantes
y mi pecho se cierra sin encontrar
hacia dónde volar
Y vuelvo sobre mis pasos inseguros
vacilante, echo a correr
porque no puedo entender
cómo se desdibuja el horizonte
y acercándose,
la sensación de ahogo inminente
Pero en la loca carrera
encuentro la paz
de saber que no volveré hoy
ni mañana
de esta espesa telaraña
de que las tragedias y miserias
necesitan locura para verlas
Y mis pasos se van apagando
apenas puedo respirar
muy hondo y mirar
con ojos llenos de luz
y una sonrisa ensombrecida
tendida de espaldas,
el amanecer
domingo, 13 de julio de 2008
Ya no sé qué hacer con esta fiebre abarrotada de recuerdos, con esta marea incansable de emoción e incertidumbre. Espero sin cesar que la insistencia golpee a la puerta de la cordura, que las miradas se sucedan abriendo un círculo cada vez mayor de entendimiento. Un pobre atormentado que descubre en la noche fría y oscura aquellas palabras que lo iluminan hasta lo más hondo, que hacen arder el fuego en su corazón y nacer hacia la claridad del amanecer, no puede sino reírse de este futuro de indecisión. Pero esta sonrisa cansada no se borra de sus labios, ahora el sufrimiento y la miseria son cimientos que lo alzan para construir un refugio, un abrigo donde los guiños entre cómplices se dan con alegría seria y perturbada, donde la felicidad está amenazada de muerte a cada instante y reviste esa gravedad de la fatalidad siempre inminente.
Ventanas iluminadas

La otra noche me decía el amigo Feilberg, que es el coleccionista de las historias más raras que conozco:
-¿Usted no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana? Vea, allí tiene un argumento para una nota curiosa.
Y de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera despreciado Villiers de L’Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de Horacio Quiroga. Una historia magnífica relacionada con una ventana iluminada a las tres de la mañana.
Naturalmente, pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la conclusión de que tenía razón, y no extrañaría que don Ramón Gómez de la Serna hubiera utilizado este argumento para una de sus geniales greguerías.
Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad, barridas como por un viento de maleficio.
¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar un hombre?
¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar?
En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.
Porque ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera deshechas por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados, y que entre los visillos y las persianas deja entrever unas rayas de luz. Y luego la sombra, el vigilante que se pasea abajo, los hombres que pasan de mal talante pensando en los líos que tendrán que solventar con sus respetables esposas, mientras que la ventana iluminada, falsa como mula bichoca, ofrece un refugio temporal, insinúa un escondite contra el aguacero de estupidez que se descarga sobre la ciudad en los tranvías retardados y crujientes.
Frecuentemente, esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no se reúnen en ellas ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan el tiempo conversando mientras se calienta el agua para tomar mate
Porque es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada, considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, conversando con un buen amigo. Es después del café, de las rondas por los cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, fatalmente, el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, mientras que el otro, cachazudamente, le prende fuego al calentador para preparar el agua para el mate.
Y mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de la madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo, analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin temperatura, que en la vigila deja en las ideas una lucidez de delirio.
Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más deseadas las palabras.
Esa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina, sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se pueden embuchar toda la noche.
Hay otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje del bar tirolés.
En todos los bares “imitación Munich” un pintor humorista y genial ha pintado unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas escenas aparecen ciudades con tejidos y torres y vigas, con calles torcidas, con faroles cuyos pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados a ellos, fantásticos tudescos con medias verdes de turistas y un sombrero jovial, con la indispensable pluma. Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos escapan golletes de botellas, miran con mirada lacrimosa a una señora obesa, apoyada en la ventana, cubierta de un extraordinario camisón, con cofia blanca, y que enarbola un tremendo garrote desde la altura.
La obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el semblante de un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de alambre retorcido en torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable “frau”.
La ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre, la ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al iluminarse bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido de angustia, un llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito encendimiento, a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre que se inclina atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado dolor de muelas que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un pobre diablo hasta el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.
Ventana iluminada de las tres de la madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se oculta tras de su vidrios biselados o rotos, se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad. Inventores, rateros, poetas, jugadores, moribundos, triunfadores que no pueden dormir de alegría. Cada ventana iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha escrito.
-¿Usted no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana? Vea, allí tiene un argumento para una nota curiosa.
Y de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera despreciado Villiers de L’Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de Horacio Quiroga. Una historia magnífica relacionada con una ventana iluminada a las tres de la mañana.
Naturalmente, pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la conclusión de que tenía razón, y no extrañaría que don Ramón Gómez de la Serna hubiera utilizado este argumento para una de sus geniales greguerías.
Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad, barridas como por un viento de maleficio.
¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar un hombre?
¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar?
En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.
Porque ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera deshechas por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados, y que entre los visillos y las persianas deja entrever unas rayas de luz. Y luego la sombra, el vigilante que se pasea abajo, los hombres que pasan de mal talante pensando en los líos que tendrán que solventar con sus respetables esposas, mientras que la ventana iluminada, falsa como mula bichoca, ofrece un refugio temporal, insinúa un escondite contra el aguacero de estupidez que se descarga sobre la ciudad en los tranvías retardados y crujientes.
Frecuentemente, esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no se reúnen en ellas ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan el tiempo conversando mientras se calienta el agua para tomar mate
Porque es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada, considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, conversando con un buen amigo. Es después del café, de las rondas por los cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, fatalmente, el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, mientras que el otro, cachazudamente, le prende fuego al calentador para preparar el agua para el mate.
Y mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de la madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo, analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin temperatura, que en la vigila deja en las ideas una lucidez de delirio.
Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más deseadas las palabras.
Esa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina, sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se pueden embuchar toda la noche.
Hay otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje del bar tirolés.
En todos los bares “imitación Munich” un pintor humorista y genial ha pintado unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas escenas aparecen ciudades con tejidos y torres y vigas, con calles torcidas, con faroles cuyos pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados a ellos, fantásticos tudescos con medias verdes de turistas y un sombrero jovial, con la indispensable pluma. Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos escapan golletes de botellas, miran con mirada lacrimosa a una señora obesa, apoyada en la ventana, cubierta de un extraordinario camisón, con cofia blanca, y que enarbola un tremendo garrote desde la altura.
La obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el semblante de un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de alambre retorcido en torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable “frau”.
La ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre, la ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al iluminarse bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido de angustia, un llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito encendimiento, a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre que se inclina atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado dolor de muelas que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un pobre diablo hasta el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.
Ventana iluminada de las tres de la madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se oculta tras de su vidrios biselados o rotos, se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad. Inventores, rateros, poetas, jugadores, moribundos, triunfadores que no pueden dormir de alegría. Cada ventana iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha escrito.
Roberto Arlt
domingo, 6 de julio de 2008
Llena de llagas infecciosas bajo la pulcritud de su vestido

América pobre, con su pueblo nativo trashumante, llegado del fondo de las provincias interiores y de continente, pulula hoy en los suburbios de las nuevas capitales.
Sin nada propio -salvo la fuerza de trabajo-, escarnecido por el saqueo y la explotación, construye sus refugios miserables trasmutando cajones, latas inservibles y toda otra basura arrojada por el consumo de la ciudad burguesa, en viviendas, muebles y utensilios de cocina, como únicos bienes disponibles en su doméstica vida cotidiana.
lnstintivamente yo represento mi culpa dentro de la gran culpa social que ha provocado ese espectáculo cuyo todo salpica ya a las otras clases vecinas.
Una lata, una madera quemada, vanos y míseros, forman la materia y los colores de mi paleta que, al transmutarse en la significación del ámbito de Juanito Laguna, logró la equivalencia (el revés) de la otra trasmutación de los objetos durante el metabolismo catabólico de su paso del departamento de lujo o de la fábrica a la tapera del bajío.
Combino los rezagos por su color y materia en su posible funcionalidad expresiva, y con ellos voy construyendo el cuadro, poblándolo de crueles fantasmas sugeridos por una realidad total, bella y elegante pero llena de llagas infecciosas bajo la pulcritud de su vestido.
Sin nada propio -salvo la fuerza de trabajo-, escarnecido por el saqueo y la explotación, construye sus refugios miserables trasmutando cajones, latas inservibles y toda otra basura arrojada por el consumo de la ciudad burguesa, en viviendas, muebles y utensilios de cocina, como únicos bienes disponibles en su doméstica vida cotidiana.
lnstintivamente yo represento mi culpa dentro de la gran culpa social que ha provocado ese espectáculo cuyo todo salpica ya a las otras clases vecinas.
Una lata, una madera quemada, vanos y míseros, forman la materia y los colores de mi paleta que, al transmutarse en la significación del ámbito de Juanito Laguna, logró la equivalencia (el revés) de la otra trasmutación de los objetos durante el metabolismo catabólico de su paso del departamento de lujo o de la fábrica a la tapera del bajío.
Combino los rezagos por su color y materia en su posible funcionalidad expresiva, y con ellos voy construyendo el cuadro, poblándolo de crueles fantasmas sugeridos por una realidad total, bella y elegante pero llena de llagas infecciosas bajo la pulcritud de su vestido.
Antonio Berni
jueves, 19 de junio de 2008
El día estaba nublado, gris; el polvo se acumulaba como el tiempo en la ciudad. Y en el tren, una, dos, cien miradas fijas en el vacío de una melodía exasperante que se repetía día tras día. En el aire flotaban conversaciones mecánicas, incoherentes; susurros babeantes de una placidez repugnante, de un malestar apenas disimulado. Y de repente, un grito infrahumano, insoportablemente molesto, agudo, rechinante, resquebrajó de arriba abajo el tren. Y ya nadie fue el mismo, todos miraron odiando al imbécil que había osado romper la pared impenetrable que los hipnotizaba a todos. El pobre diablo aullaba desesperado y se deshacía en gemidos incomprensibles, casi animales, y pataleaba como un loco sin cerrar la maldita boca, sin sentarse de una vez por todas bien sentado en el asiento de madera con la vista fija en el diario leyendo sin leer la noticia de los quién-sabe-cuántos muertos en un bombardeo entre los que había quién-sabe-cuántos niños y mujeres. Pero ahí estaba, sin dejar de convulsionarse, hasta que al fin se levantó como un poseído y reventó de un puñetazo una ventanilla haciendo temblar todo el tren. Respiró hondo, hondo, como si todo el aire pudiera limpiar su putrefacción, y con los hilos de sangre en la mano volvió tranquilamente a su asiento de madera a leer otra vez la noticia del bombardeo en una ciudad que no existía para él ni para nadie, mientras una bomba muy distinta había caído silenciosamente en ese tren y seguiría cayendo ensordeciéndolos hasta el final.
domingo, 1 de junio de 2008
Es por la inercia de la noche sin destino que siento la necesidad de violentar el aire hasta las últimas consecuencias. No busques en nada la explicación de la ironía y el sarcasmo que gotean mis palabras. Tengo que escupir a cada paso la estupidez reinante. A veces los fantasmas se vuelven contra uno. Mejor dejemos de hablar por hoy. Dejémonos en paz al menos un instante.
Un simple pestañeo puede traicionarnos, y así es como las maliciosas palabras ajenas son el relámpago que ilumina la oscuridad. Ha sido una noche larga y nuestras máquinas están fallando. Sin alterarse nos señalan el defecto. Y todo el plan se resquebraja y se viene abajo. Nos hierve la sangre y se nos revuelve el estómago. A veces uno resulta postrado en una cama durante días dándose cuenta de que todo se acercaba irremediablemente hasta el final, y sigue sin entenderlo. Se siente arrastrado por la corriente ciega del miedo y el misterio. Y se detiene con un golpe, se aleja violentamente del torrente y éste vuelve a sonreírle cínicamente. Y otra vez intentando superar la estupidez. No te preocupes, me repito. Es mi turno de arrasar.
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