jueves, 18 de diciembre de 2008



Esa noche, Bender durmió solo. Pero desde esa noche “hacer el amor” significó brutalmente acostarse con una mujer. Confieso que me sentí ofendido. Era, me pareció, un abuso del lenguaje. Después seguí creciendo. Hablé poco y forniqué mucho. Pero nunca hice el amor. Prevariqué, eso sí, y puticé. Como el ventero que armó a don Quijote, recuesté viudas y deshice doncellas. Fifé, me encamé, jodí, copulé, corté como Jerineldo la rosa más fragante de algún jardín real, pinché y trinqué, rompí, sodomicé y desgolleté, conocí, folgué, serruché y hasta solitariamente me vicié, pero como había aprendido a desconfiar de las antiguas y hermosas palabras, no le hice a nadie, ni mucho menos hice con nadie, el amor. Yo creo que las mujeres lo saben, y por eso a veces fijan con desconsuelo su mirada en mi bragueta, como desde lejos, con los mismos ojos milenarios que tenía mamá cuando planchaba y yo jugaba a descuartizarme o a ser el señor Valdemar derretido, y cuando les pregunto qué pasa, ellas dicen que a los tipos como Bender habría que cortarles la cuestión con una lata oxidada. No sé, a lo mejor todas las mujeres saben todo y es cierto nomás que los hombres somos seres inferiores e incompletos. De cualquier modo, algo descubrió Bender la tarde del 10 de junio de 1980; algo empiezo yo a descubrir ahora. Mientras voy doblando dulcemente hacia atrás el cuerpo de Agustina y me oigo decirle que no hable, que no piense, mientras la tiendo muy suavemente como a un objeto muy frágil sobre el brillante acolchado azul de la cama donde su cuerpo titila como una constelación que hubiera adoptado la forma de una mujer, he comenzado a develar el verdadero sentido de las palabras hacer el amor. Hacer el amor, amarlo, levantarlo piedra sobre piedra, arco a arco, columna a columna, y dejarlo instalado sobre el mundo, es desafiar nuevamente a Dios. El árbol vedado del remoto monte del Abuelo, antes que ningún otro conocimiento, enseñaba esa peligrosa sabiduría, y es así que todavía hay un ángel castrado entre las plantas amenazando los genitales de los hombres con una espada de fuego. Hacer el amor es robarle la mujer a Dios. Porque para armar el amor y habitarlo, hay, antes, que crear a la mujer, hacerla. La mujer es una casa construida según la lenta albañilería de algún hombre. No me apures, Agustina, no te apures, esto que se está haciendo como un dibujo bajo la lluvia tiene sus leyes y sus ritmos, no es el amor, pero hay que escandirlo amorosamente como un verso. El amor no puede hacerse en unas horas, como yo creía, ni en semanas. Se tarda años. Hay hombres y mujeres que mueren sin haberlo hecho, sin saber cómo se hace, hay muchachas y muchachos a los que asesinaron sin haberles dejado levantar una sola viga, sin abrir una ventana, hay generaciones y pueblos enteros que son diezmados, supliciados, ardidos hasta lo blando de los huesos, sin darles tiempo a reunir los materiales de hacer el amor, ahora mismo, mientras mi boca en tu oreja y tu boca de ahogada en mi cuello y mi mano subiendo por los contornos de médano de su cuerpo, hay, sobre la húmeda y eléctrica piedra lustral de un sótano, en una cárcel, una adolescente roja que ya no va a temblar nunca con el temblor que ahora percibo bajo mis dedos como una caliente arena fina por la que pasara un río subterráneo. Vientres pateados, sexos deshechos, martirizadas bocas de dientes rotos, Agustina, ruinas nupciales, pedazos de parejas muertas que nunca van a sentir lo que por primera vez estás sintiendo ahora, este miedo dulce de ir cayendo hacia el centro de vos misma que hace rodar de un lado a otro en la oscuridad tu cabeza sobre la almohada, que te hace decir qué, qué me pasa, manos mutiladas que estuvieron vivas y que ya no encontrarán lo que tu mano, de pronto inexperta, busca entre mis piernas, hombres que tuvieron piernas y un sexo para usar entre las piernas, matas de cabello de mujer que no llenarán nunca el puño de un varón, puños de varón que nunca más empujarán con dulce brutalidad la cabeza de una muchacha hasta la consentida sumisión, hasta la ambigua servidumbre que sólo la hembra del varón aprende, que no conocen las bestias ni los ángeles, pero que Agustina ahora no acepta, de rodillas sobre la alfombra y con las manos juntas como una mantis religiosa, volviendo a sacudir de un lado a otro la cabeza como si rezara, apretando los dientes acaso por el súbito horror de querer arrancarme el sexo de las entrañas, por primera vez no acepta, mientras Bender de pie sonríe y acaricia con cuidado y suavidad su cuello, como quien amansa un animalito cerril, le cubre dulcemente las orejas con las manos, se arrodilla junto a ella y le besa las lágrimas, la distrae, y como si jugara la va tendiendo sobre el piso y la abre como a un cauce mientras Agustina murmura por qué acá, por qué así, y él le dice que se calle, que no hay que pensar, que escuche, que escuche cómo cae la lluvia.

Abelardo Castillo - LA FORNICACIÓN ES UN PÁJARO LÚGUBRE



martes, 9 de diciembre de 2008

De cara a mis pensamientos, a veces me ronda el temor de encontrar lo que no quisiera, o no encontrar nada. En el fondo no quisiera hacer esto, pero me obliga el plácido caos que me envuelve. No quisiera pasar los días que siguen sin encontrar una nueva obsesión que me impulse hacia el abismo. Y no es sólo eso, me asombra tener que esforzarme tanto para decirlo, como siempre me ha asombrado que sea tan difícil la verdad, la acción, el valor, a tal punto que me da terror suponer que todo es una pesadilla de la que despertaré en cualquier momento. Y sin embargo, en esta atmósfera densa de sentimientos encontrados, estoy segura de una sola cosa: no es la realidad aquello que se altera, es nuestra percepción la que cada vez se aleja más de la realidad. No podría yo si no pensar que estoy viviendo, sufrir así, querer así, y mientras más lo pienso más intento aferrarme a mi locura. Sé que he cambiado: no puedo ocultárselo a nadie y menos a mí misma. Pero hay una cosa a la que jamás podría renunciar: no puedo ser completamente feliz. No debo, no quiero tampoco. Sé que me quieren justo como estoy ahora. Sé que, no siéndolo, voy a decepcionar a todos y aun voy a dudar en sumergirme otra vez en el ritual oscuro que me acompaña desde que puedo mirar atrás en el tiempo. Y aun así, no puedo, ni quiero, sobrevivir sin mi desequilibrio.

sábado, 29 de noviembre de 2008


martes, 25 de noviembre de 2008

Más de una vez me han echado a la calle
por reír donde debo estar llorando,
por llorar donde debo estar riendo,
por callar donde debo estar hablando,
por hablar donde debo estar callado,
por hablar en voz baja de la fe,
por hablar en voz alta del amor.
Más de una vez al año hago
algo que no se puede hacer:
pateo una piedra, levanto polvo
que da deseos de toser.
Me lleno entonces de optimismo,
algo solemne quiero hablar,
pero la piedra me cae encima
y nunca puedo terminar.
Más de una vez me han echado a la calle
por no sentir respeto por las flores,
por derramar comida en los manteles,
por darle de mi alcohol a algunos niños,
por desnudar deprisa a mis mujeres.
Más de una vez no tengo diversión,
más de una vez no tengo invitación.
Más de una vez me han echado a la calle
por correr donde duermen los enfermos,
por fumar en los palcos del teatro,
por hacerle una mueca a mi maestro,
por llevar la cicuta en el bolsillo
desde que iba al colegio con un perro,
desde que me rompían la cabeza
por hablar demasiado del horror
y decirle asesino a un pescador.
Silvio Rodriguez

viernes, 21 de noviembre de 2008


Hundir mi lengua en las profundidades de tu cuerpo y sentir cómo nos lastimamos; arrancarte tus sueños a pedazos con mis uñas, golpearte en la boca del estómago con toda mi furia; ver alucinados cómo el sol emerge incandescente sobre la fría madrugada, resbalar entre tus piernas abandonándome a tus arañazos, a tus mordiscos, a tus apretadas caricias; destruirnos, desarmarnos, acabarnos, sólo eso quisiera.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Tal vez ya está todo dicho; tal vez el horror o el amor que sienta yo hoy o mañana no cambie en nada las cosas, y es ésa la peor sensación que he tenido en el mundo, el de la fatal sospecha de que no voy a significar nada, temblando en un rincón las lágrimas se deslizan por mis ojos, mientras un grito estremecedor recorre todo mi cuerpo y un puño invisible me golpea hasta doblegarme. Sólo sé que no puede ser esta basura todo lo que existe, que las cenizas de mis ojos y de millones de ojos más podrán mirar hacia adelante sólo cuando todo esto explote en mil pedazos, que no puedo dejar de saltar al precipicio que me ha rondado todo este tiempo. Y que el peor crimen sería bajar la cabeza ante todo lo que sé; que arrancar de raíz el veneno que nos está matando es terriblemente urgente y que la cobardía va a matarme si no lo logro.

martes, 18 de noviembre de 2008

Es gracioso y casi aterradora la sensación de que nada me importe en el fondo, de que mientras veo tu corazón rompiéndose en pedazos al suplicarme pueda mirarte con una indiferencia atroz, de que vea huyendo de mí a quienes tanto quise y sin embargo no pensar jamás en ellos, de que la emoción que me arrasaba antes ahora duerma en mi mente enfermiza...y alrededor de todo va acumulándose una espesa masa de polvo que va consumiendo todas mis energías, terriblemente odiosa y fatal, donde la desconfianza va llenándome cada vez más.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Una ráfaga caliente sube por mi pecho
y tengo que seguir corriendo
aunque tiemblen mis piernas
mi corazón sigue gritando desbocado
y sólo pienso en llegar
al adorado rincón sucio y oscuro
donde podré dormir en paz

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Aaahhhhhhh!
Ahora vienen por mí
cuando todo parece normal
¿es que no lo ves?
Y todavía tengo que esforzarme para que lo entiendas
¿es que no has visto el suelo cubierto de sangre?
¿No viste un enorme y sucio alambrado
cercándonos hasta casi matarnos?
Ya es muy tarde para todo lo que amé
Y aunque han pasado cien años de tu tiempo
aún resuenan los últimos aullidos de terror
y todo parece una horrible pesadilla
porque aún te veo con los ojos vacíos y con esa
estúpida sonrisa brillando
huecamente en la oscuridad
Pobre cuerpo flaco y aterido
es hora de correr
sólo necesitamos una voz de alarma
y vamos acobardándonos en la celda
y un día somos demasiado viejos,
demasiado buenos
demasiado cuerdos como para huir
y las voces claras y sufrientes que gritan
hasta casi perder la razón
sólo nos merecen una sonrisa irónica
en la que se refleja, con amargura
la cobardía que ha estado matando
nuestro corazón poco a poco
el temor de un niño desencadena el llanto
una voz dulce aprisionándolo en una jaula
y una herida que ha quedado
abierta para siempre en mi frente
aún sigue ahí aunque no puedan verla
y lo sé porque cada mañana, al levantarme
siento el ardor incandescente
y termino por ocultarme
a los ojos de todos