sábado, 31 de enero de 2009

Una noche de edén




No hay persona que escriba para el público que no haya tenido alguna vez una visión maravillosa. Yo he gozado por dos veces de este don. Yo vi una vez un dinosaurio, y recibí otra vez la visita de una mujer de seis mil años. Las palabras que me dirigió, después de pasar una noche entera conmigo, constituyen el tema de esta historia.
Su voz llegóme no sé de dónde, por vía radioestelar, sin duda, pero la percibí por vulgar teléfono, tras insistentes llamadas a altas horas de la noche. He aquí lo que hablamos:

-¡Hola! -comencé.

-¡Por fin! -respondió una voz ligeramente burlona, y evidentemente de mujer-. Ya era tiempo...

-¿Con quién hablo? -insistí.

-Con una señora. Debía bastarle esto...

-Enterado. ¿Pero qué señora?

-¿Quiere usted saber mi nombre?

-Precisamente.

-Usted no me conoce.

-Estoy seguro.

-Soy Eva.

Por un momento me detuve.

-¡Hola! -repetí.

-¡Sí, señor!

-¿Habla Eva?

-La misma.

-Eva... ¿Nuestra abuela?

-¡Sí, señor, Eva sí!

Entonces me rasqué la cabeza. La voz que me hablaba era la de una persona muy joven, con un timbre dulcísimamente salvaje.

-¡Hola! -repetí por tercera vez.

-¡Sí!

-Y esa voz... fresca... ¿es suya?

-¡Por supuesto!

-¿Y lo demás?

-¿Qué cosa?

- El cuerpo...

-¿Qué tiene el cuerpo?

Bien se comprende mi titubeo; no demuestra sobrado ingenio el recordarle su cuerpo a una dama anterior al diluvio. Sin embargo:

-Su cuerpo... ¿fresco también?

-¡Oh, no! ¿Cómo quiere usted que se parezca al de esas señoritas de ahora que le gustan a usted tanto?

Debo advertir aquí que esa misma noche, en una reunión mundana, yo me había erigido en campeón del sentimiento artístico de la mujer. Con un calor poco habitual en mí, había sostenido que el arte en el hombre, totalmente estacionado después de recorrer cuatro o cinco etapas alternativas e iguales en suma, había proseguido su marcha ascendente de emociones en la mujer. Que en su indumentaria, en sus vestidos, en el corte de sus trajes, en el color de las telas, en la sutilísima riqueza de sus adornos, debía verse, vital y eterno, el sentimiento del arte.

Esto había dicho yo. ¿Pero cómo lo sabía ella?

-Lo sé -me respondió-, porque todos ustedes piensan lo mismo. Igual pensaba Adán.

-Pero creo entender -repuse- que en el paraíso no había más mujer que usted...

-¿Y usted qué sabe?

Cierto; yo nada sabía. Y ella parecía muy segura. Así es que cambié de tono.

-Quisiera verla... -dije.

-¿A quién?

-A usted.

-¿A mí?

-Sí.

-¡Ah!, es usted también curioso... Le voy a causar horror.

-Aunque me lo cause...

-Es que... (Y aquí una larga pausa)... no estoy vestida. ¿Comprende usted? En el fondo del espacio donde me hallo... Y además, soy demasiado vieja para no infundir horror.. aun a usted. Puedo sin embargo vestirme, si usted me proporciona ropas, con una condición...

-¡Todas!

-Oh, muy pocas... Que me lleve con usted a ver señoras bien vestidas... como se visten ahora. ¡Oh, condescienda usted!... Hace miles de años que tengo este deseo, pero nunca como... desde anoche. Antes nos preocupábanos muy poco del vestido... Ahora ha llegado la mujer al límite en el sentimiento del arte.

Mis propias palabras, como se ve.

-Desde ese oscuro fondo del tiempo y del espacio -argüí-, ¿cómo?

-La serpiente de Adán, señor mío...

-¿De Adán? No, señora; suya.

-No, de Adán. De las mujeres son yararás que usted conoce, y una que otra serpiente de cascabel...

-Crotalus terrificus- observé.

-Eso es. Pero no son las víboras, sino el maravilloso vestido de la mujer de ahora lo que deseo ver. No puedo imaginarme qué puede ser ese arte sutil que enloquece a las personas como usted.

Por segunda o tercera vez la ilustre anciana la emprendía conmigo. ¿Qué hacer? Yo podía proporcionar a mi interlocutora las ropas que esperaba de mí, y podía también proseguir la aventura que llegaba hasta mí desde el fondo de la eternidad, a través de un trivial teléfono.

Fue lo que hice. Coloqué a su pedido las ropas tras el biombo de la chimenea, y bruscamente surgió ella ante mí, envuelta hasta los pies en negro manto. Llevaba antifaz con encaje, y en las manos guantes negros. Yo podía haber presentido, de fijar un instante más los ojos en su silueta, lo que había en realidad de esquelético en aquella fosca aparición. No lo hice, y procedí mal.

Sin ver, pues, más que aquella decrépita figura, terriblemente arrepentido de mi condescendencia, salimos del escritorio, y media hora más tarde llegábamos a una casa de mi relación, cuyas tres hermosísimas chicas reunían esa noche a unos cuantos amigos.

Lo que fue toda esa sesión: mi presencia en compañía de una ilustre anciana que por razones de estado deseaba conservar el incógnito; la burlesca estupefacción de las chicas que charlaban sin perder de vista al fenómeno; los esfuerzos míos para alejar de la situación un ridículo inexorable, las sonrisitas cruzadas de las damas ojeándonos sin cesar a la momia y a mí, toda esa interminable noche fue mucho más larga de sufrir que de contar.

Regresamos a casa sin haber cambiado una palabra, ni en el auto ni en los instantes en que dejé el sobretodo sobre una silla, y el sombrero no sé dónde. Pero cuando me hube sentado de costado al fuego, sin mirar otra cosa que el hogar de la chimenea y disgustado hasta el fondo de mi alma, la dama, de pie, tomó entonces la palabra.

-Yo me voy, señor -me dijo-. Ni por mi situación ni por mi edad estoy en estado de permanecer más en su compañía. Por grata que me sea, pues no soy desagradecida. He visto lo que deseaba, y me vuelvo. Pero antes de partir deseo que usted oiga algunas palabras.

"Ustedes, los hombres, se han hartado de proclamar que la coquetería es patrimonio de las hijas de Eva, -culpa mía, si usted quiere- y que el mundo marcha mal desde que la primera mujer coqueteó con la serpiente... Yo podría aclarar este concepto, pero no quiero volver sobre una historia demasiado vieja ... aun para mí. Puedo decir, no obstante, que el adorno, la coquetería en la mujer, era una cosa muy sencilla, pues no teníamos para coquetear más que la cabellera. Después hubo otras muchas cosas... Pero a pesar de nuestra orfandad al respecto, algo pude hacer con mis diecisiete años... Usted debe saberlo por la Biblia.

"Pues bien: desde mucho tiempo atrás yo quería reencarnar en la vida contemporánea; mas era indispensable para ello, que viera cómo se visten las mujeres de ahora.

"¿Qué podía hacer yo, con mi pobre coquetería del Paraíso, con mis escasos adornos de muchacha anterior al diluvio? Por esto, y desesperanzada ya de reencarnar por largo tiempo con una nueva vida, he tomado la determinación de hacerlo por unas breves horas, y he elegido las horas pasadas para ponerme en contacto con el escritor que me escucha... y con las señoritas que gustan a ese escritor.

"Por lo poco que he visto, el mundo de ustedes ha progresado inmensamente en seis mil años, y hay ahora cosas admirables. Lo que no hay, óigame usted bien, es progreso en el adorno de la mujer. Ustedes lo creen así, porque dichos adornos cuestan dinero. En mi época, una chica estaba bien vestida cuando, a más de ser bella, llevaba en los cabellos flores o plumas de garza, tapados de pieles sobre los hombros, sartas de perlas en el cuello, y un abanico de grandes plumas en la diestra.

"Hoy, señor enamorado, después de seis mil años de febril progreso, de incalculables esfuerzos de la inteligencia y del arte, de sutiles refinamientos estéticos, hoy las mujeres bien vestidas llevan, exactamente como en las edades salvajes, plumas en la cabeza, pieles en los hombros, piedras en el cuello, flores en la cabeza y grandes plumas en la mano.

"¿Dónde está el progreso, quiere usted decirme? ¿Qué ha inventado de nuevo la mujer actual? ¿En qué revela su decantado refinamiento de arte?

"¡Bah, señor! Ustedes se dejan engañar a sabiendas, con su devoción feminista; pero salvo uno que otro detalle, la dama original y elegante de hoy debe recurrir fatalmente para su adorno a los miserables elementos del oscuro mundo primitivo: las pieles, las plumas, las piedritas que brillan.

"Y no sólo no se ha conquistado nada, sino que se ha rebajado el valor de tales adornos. El valor de una piel sedosa está en la fatiga que ha costado el obtenerla. El amante primitivo que a costa de su sangre conquistó al animal mismo, la piel para adornar con ella a su amada, consagró con ese precio el alto valor del adorno. Es bella la piel en los hombros de una muchacha porque el hombre que la amaba se desangró por conseguírsela. Este es su valor, como el de una obra de arte cualquiera, que para ser tal debe dejar exhausto un corazón.

"Hoy no es la muchacha más amada la que le luce la piel, sino aquella cuyo padre tiene más dinero. Y volveré a la nada en que he dormido seis mil años, sin comprender cómo las amigas de usted, y las otras y todas las mujeres de hoy, sienten tanto orgullo de lucir una piel que no ha conquistado el varón que aman, sino que han debido pagar muy caro al peletero; y sin comprender tampoco cómo ustedes los hombres no se mueren de vergüenza cuando se sienten orgullosos de ver a sus novias lucir un adorno que ustedes mismos han sido incapaces de obtener, y por el que otro hombre, también joven y buen mozo como ustedes dio todo su valor y su sangre en una cacería salvaje.

"Sólo esto quería decirle. Ahora, señor, me vuelvo. Le he sido a usted demasiado cargosa con mi ancianidad y mis tonterías para que no conserve usted de mí ni el recuerdo..."

Permanecí impasible, sin apartar los ojos del fuego.

-¿Quiere usted, sin embargo, guardar un vago recuerdo mío? Lo autorizaría a usted a sacarme una fotografía...

Dijo; y sin hacerme rogar de nuevo, pues deseaba concluir de una vez con aquel atroz absurdo, me levanté, también sin mirar a la dama, volví con la máquina, y a toda prisa apreté el obturador.

¡Por fin! Eché una mirada salvadora al biombo que debía ocultarla de nuevo.

-¡Oh, esta vez no hay necesidad! -murmuró ella-. Con que cierre usted un instante los ojos, basta...

¡Los cerré con rabia, y cuando los abrí no había ya nadie allí!

Aquí concluye la historia. Y lo que sigue no es sino un eterno remordimiento.

Al hallarme solo, me hallé también sin sueño por el resto de la noche.

Y mitad por distracción, mitad por curiosidad fotográfica, revelé la placa.

¡Oh! ¿Qué razón no ha concebido a Eva desnuda como el cielo, virgen y hermosísima en la primera alba del Edén?

No una decrépita momia envuelta en negro: una criatura de diecisiete años, indescriptiblemente pura y curiosa, era lo que revelaba la fotografía. Y yo no había sabido verlo.

Al día siguiente, a las mismas altas horas de la noche, el teléfono sonó.

Era ella.

Cuanto alcanza un hombre a expresar de remordimiento, lo expresé en mi largo discurso.

-¡Vuelva! -supliqué por toda conclusión.

-No puedo -repuso ella. Y más burlonamente aún-: Estoy desnuda...

-Yo cazaré tigres para usted...

-¿Usted, cazar tigres?... Usted es un cazador de historietas y no siempre verosímiles... Pero le estoy muy agradecida, sin embargo. Y si alguna vez vuelvo...

La voz se cortó. No oí más. Ni al día siguiente, ni después, nunca.


Horacio Quiroga

jueves, 29 de enero de 2009

Hay cosas que nunca cambian, como esa plomiza sensación de ojos gastados y piel deslucida que llega al verte alejándote de mí, ese vuelco de corazón y estómago con contornos difusos, el que no sé si hacer anidar en vos, en tu estela confusa que vas dejando entre nosotros, o en tu nuevo destino, como si yo hubiese sido una parada más y no aquello que buscabas.
Y me pregunto si habrás ido vaciándote de mí, si habrás querido quedarte con todo lo mío, si lo habrás anudado y arrojado con todas tus fuerzas al río; tanto me sorprende verme ahí sin cuerpo y sin brillo, mientras alguien, brillando con más fuerza que yo te atrae como la luz eléctrica a una luciérnaga y yo voy apagándome lentamente y fundiéndome con la línea del horizonte de árboles y montañas.

martes, 27 de enero de 2009



Así como quise succionarte en alma y vida, hubiera creído que faltabas a una especie de tácito abandono cuando tu reflejo de tirarte al agua negra y brillante se detuvo en mis ojos. Sobre la enredadera de nuestras piernas entrelazadas desde la primera mirada, entretejí un vacío devorador donde mi deseo por vos era apenas inercia disfrazada de novedad. Tan lejano y absurdo parece ahora, que en un momento, imprevistamente, caí redondamente sobre la certeza de que mi teatro se deshacía abiertamente, al recordar que apenas unas noches antes yo misma había nadado en las aguas oscuras y profundas. Y me di cuenta de que mi boca no es sólo sumidero de dudoso placer, sino fuente de hipócritas mentiras.

martes, 20 de enero de 2009

Lucidez

-Ocho y cuarto.

-Gracias -murmuró José Luis mientras una sombra se perdía en la oscuridad. Para no volver, pensó estúpidamente. Es cierto que no volvería para él, pero iba hacia su existencia segura con paso firme. ¿Y él, José Luis?

Caminó pesadamente a lo largo del infinito de las calles. Repentinamente le temblaban las piernas.
Un hombre harapiento y borracho le cortó el paso y le pidió algo con voz ininteligible. Los ojos parecían brumosos y miraba a José Luis como atravesándolo sin esfuerzo.

-No tengo nada -balbuceó muy avergonzado. El hombre escupió unos insultos con voz ronca y encarnizada y se alejó hacia el próximo transeúnte.

Las entrañas de José Luis ardían. Apenas podía seguir caminando con una angustia creciente que lo envolvía y viendo cómo la noche se dejaba caer en paracaídas hasta el suelo. Las sombras iban alargándose sin cesar y el eco de sus pasos resonaba cada vez más sobre el asfalto. Otra vez la sorda rutina sin espacios, otra vez el recuerdo de una vida tormentosa que había terminado por calmarse. Sin embargo, cuando la luz de los faroles iluminaba sus ojos, éstos fulguraban en silencio, como si no pudieran desprenderse de todo lo que habían visto, como si los recuerdos pudieran tomarse con las manos.
Entonces la oscuridad volvía a inundar su rostro y la marea volvía a bajar. Él apenas hablaba, pero su expresión sobresaltada se dirigía a todos en un mudo interrogante. Aquel día se había cansado de todo eso y simplemente caminaba con avidez, devorando distancias, haciéndose un tiempo indefinido para poner en orden sus pensamientos y lanzarse a sentir. Brotaba un aire fresco.

Sin embargo, mientras caminaba, sus latidos se le iban subiendo a la cabeza y la sangre del verano corría por su cuerpo. Aquel instante de vértigo lo hizo sentarse en el suelo y recostarse contra una pared. Respiraba hondo y entrecortadamente lanzaba suspiros silenciosos.
Pasó un auto velozmente y la risa histérica de una mujer escandalosa cortó el aire a cuchillazo limpio. Bravo, pensó José Luis. Allá van otra vez. Allá van, a darle a la noche una solución definitiva, a abandonarse juntos al borde de la ruta, a intercambiar esa baba espesa por la que matan y mueren tantos hoy en día. Diablos. Estamos perdidos si esto es todo lo que nos espera de la vida. Tal vez él también debería intentarlo, de todas formas había perdido su norte hacía rato. Caminaba a la deriva como un autómata día tras día. Sonrió tristemente.

Ahí estaba, siempre erguido, siempre al acecho. Volvió una vez más, solo a su casa, frustrado, sin un nuevo significado que aclarase su mente. Otra vez en casa. Puso una tetera a hervir y se sentó. Otra vez lo mismo, pensó mecánicamente. Otra vez nada, otra vez la impaciencia, la inercia desesperante que se cernía sobre él con un silencio ensordecedor.

Hoy camino una vez más hacia el final, se dijo. Hoy he esperado ahogado en el centro de la esperanza.

-Hoy no he podido ver a nadie más que a mí -reconocíó abruptamente. Y una vez más se encontró nadando en aquel inquieto monólogo que arrastraba desde hacía años.
Aquella voz impaciente que analizaba todo lo que veía, que dirigía todos sus pasos hacia ninguna parte. Aquel monstruo de ojos vendados que lo mortificaba a cada instante. Ahí estaba, azuzándolo, blandiendo los puños, amenazándolo. ¿En qué momento se había alzado victorioso sobre su cuerpo?
Ahora, a la distancia, creía no distinguir nada más que el soliloquio enloquecedor. Había poseído de tal forma todos sus actos, todo su universo, que ya sólo veía a través de él. Su desesperada vida y aquellos momentos dramáticos y decisivos se habían transformado en vagas palabras que rondaban su cabeza. ¿En qué momento, se repitió angustiado, aquel monstruo se había subido a sus hombros?

El silbido de la tetera hirviendo interrumpió sus divagaciones. Se preparó un café cargado y se paró a mirar por la ventana. Los árboles eran apenas sombras blancas en la oscura inmensidad del cielo. Intentó retomar los últimos hilos de su pensamiento, pero se escapaban como los hilos de vapor del café en el aire.
Afuera, el canto de los grillos era tan fuerte que podría haber desgarrado el mundo de arriba a abajo.

lunes, 19 de enero de 2009

Cuando veo toda esta parodia de brillantes colores y de luces hipnóticas, cuando escucho esas risas agudas y entrecortadas que se abren paso en una marea de lúgubres sonidos, algo dentro de mí se rompe dolorosamente, sólo por un segundo, y es en ese segundo en el que siento que mi sangre se vuelve espesa y violeta y una capa de cenizas se desploma sobre un mundo revuelto y gis que aún no logra salir de sí mismo.

viernes, 9 de enero de 2009

Bajo un cielo distante e inmenso y a través de un mundo sangriento y confundido, a través de la quietud de cientos de pequeños pueblos donde luces solitarias y pálidas titilan en silencio, a través de miles de sueños destrozados en pedazos y certezas vertiginosamente encontradas, nos encontramos para hablar, rodeados de misterio, refugiados de la lluvia, haciendo esfuerzos para encontrar algo que nos uniera en el medio de la tormenta. Y he aquí que esa cálida llamada se convirtió definitivamente en rutinaria, en círculos que se cerraban sobre nosotros mientras yo me encontraba a miles de kilómetros de allí, en el mundo sangriento y confundido, en la quietud de cientos de pueblos desolados , en los miles de sueños destrozados y en las certezas encontradas, y no me alejaban de tus palabras espesas, de tu mundo que hoy me parece tan corto que podría sostenerlo en una sola mano. Las manos me temblaron sólo de pensar que podría haberte hecho añicos, aunque no me importe, aunque nunca vaya a anidarme de nuevo en tu rincón, mientras intentabas explicarte y yo asintiendo con los ojos cerrados, sin querer sacudirte, mientras tu voz iba aniñándose, tus palabras se apagaban y sólo pasaba el tiempo, de cara a la pared con las ventanas abiertas, los cuerpos mojados corriendo con el viento, y yo impotente por no poder detenerme, por no querer detenerme y alargando hasta tus labios apenas un poco de agua y susurros. Mordiéndome los labios, buscando esa explosión que nunca llega y encontrando apenas esta desesperación mordaz y liviana, este cosquilleo revuelto, estas lágrimas de cajón tibio, el río helado bajo la arena blanca del desierto, infinito, poblado de oídos tapados y largos escalofríos medrosos.

jueves, 18 de diciembre de 2008



Esa noche, Bender durmió solo. Pero desde esa noche “hacer el amor” significó brutalmente acostarse con una mujer. Confieso que me sentí ofendido. Era, me pareció, un abuso del lenguaje. Después seguí creciendo. Hablé poco y forniqué mucho. Pero nunca hice el amor. Prevariqué, eso sí, y puticé. Como el ventero que armó a don Quijote, recuesté viudas y deshice doncellas. Fifé, me encamé, jodí, copulé, corté como Jerineldo la rosa más fragante de algún jardín real, pinché y trinqué, rompí, sodomicé y desgolleté, conocí, folgué, serruché y hasta solitariamente me vicié, pero como había aprendido a desconfiar de las antiguas y hermosas palabras, no le hice a nadie, ni mucho menos hice con nadie, el amor. Yo creo que las mujeres lo saben, y por eso a veces fijan con desconsuelo su mirada en mi bragueta, como desde lejos, con los mismos ojos milenarios que tenía mamá cuando planchaba y yo jugaba a descuartizarme o a ser el señor Valdemar derretido, y cuando les pregunto qué pasa, ellas dicen que a los tipos como Bender habría que cortarles la cuestión con una lata oxidada. No sé, a lo mejor todas las mujeres saben todo y es cierto nomás que los hombres somos seres inferiores e incompletos. De cualquier modo, algo descubrió Bender la tarde del 10 de junio de 1980; algo empiezo yo a descubrir ahora. Mientras voy doblando dulcemente hacia atrás el cuerpo de Agustina y me oigo decirle que no hable, que no piense, mientras la tiendo muy suavemente como a un objeto muy frágil sobre el brillante acolchado azul de la cama donde su cuerpo titila como una constelación que hubiera adoptado la forma de una mujer, he comenzado a develar el verdadero sentido de las palabras hacer el amor. Hacer el amor, amarlo, levantarlo piedra sobre piedra, arco a arco, columna a columna, y dejarlo instalado sobre el mundo, es desafiar nuevamente a Dios. El árbol vedado del remoto monte del Abuelo, antes que ningún otro conocimiento, enseñaba esa peligrosa sabiduría, y es así que todavía hay un ángel castrado entre las plantas amenazando los genitales de los hombres con una espada de fuego. Hacer el amor es robarle la mujer a Dios. Porque para armar el amor y habitarlo, hay, antes, que crear a la mujer, hacerla. La mujer es una casa construida según la lenta albañilería de algún hombre. No me apures, Agustina, no te apures, esto que se está haciendo como un dibujo bajo la lluvia tiene sus leyes y sus ritmos, no es el amor, pero hay que escandirlo amorosamente como un verso. El amor no puede hacerse en unas horas, como yo creía, ni en semanas. Se tarda años. Hay hombres y mujeres que mueren sin haberlo hecho, sin saber cómo se hace, hay muchachas y muchachos a los que asesinaron sin haberles dejado levantar una sola viga, sin abrir una ventana, hay generaciones y pueblos enteros que son diezmados, supliciados, ardidos hasta lo blando de los huesos, sin darles tiempo a reunir los materiales de hacer el amor, ahora mismo, mientras mi boca en tu oreja y tu boca de ahogada en mi cuello y mi mano subiendo por los contornos de médano de su cuerpo, hay, sobre la húmeda y eléctrica piedra lustral de un sótano, en una cárcel, una adolescente roja que ya no va a temblar nunca con el temblor que ahora percibo bajo mis dedos como una caliente arena fina por la que pasara un río subterráneo. Vientres pateados, sexos deshechos, martirizadas bocas de dientes rotos, Agustina, ruinas nupciales, pedazos de parejas muertas que nunca van a sentir lo que por primera vez estás sintiendo ahora, este miedo dulce de ir cayendo hacia el centro de vos misma que hace rodar de un lado a otro en la oscuridad tu cabeza sobre la almohada, que te hace decir qué, qué me pasa, manos mutiladas que estuvieron vivas y que ya no encontrarán lo que tu mano, de pronto inexperta, busca entre mis piernas, hombres que tuvieron piernas y un sexo para usar entre las piernas, matas de cabello de mujer que no llenarán nunca el puño de un varón, puños de varón que nunca más empujarán con dulce brutalidad la cabeza de una muchacha hasta la consentida sumisión, hasta la ambigua servidumbre que sólo la hembra del varón aprende, que no conocen las bestias ni los ángeles, pero que Agustina ahora no acepta, de rodillas sobre la alfombra y con las manos juntas como una mantis religiosa, volviendo a sacudir de un lado a otro la cabeza como si rezara, apretando los dientes acaso por el súbito horror de querer arrancarme el sexo de las entrañas, por primera vez no acepta, mientras Bender de pie sonríe y acaricia con cuidado y suavidad su cuello, como quien amansa un animalito cerril, le cubre dulcemente las orejas con las manos, se arrodilla junto a ella y le besa las lágrimas, la distrae, y como si jugara la va tendiendo sobre el piso y la abre como a un cauce mientras Agustina murmura por qué acá, por qué así, y él le dice que se calle, que no hay que pensar, que escuche, que escuche cómo cae la lluvia.

Abelardo Castillo - LA FORNICACIÓN ES UN PÁJARO LÚGUBRE



martes, 9 de diciembre de 2008

De cara a mis pensamientos, a veces me ronda el temor de encontrar lo que no quisiera, o no encontrar nada. En el fondo no quisiera hacer esto, pero me obliga el plácido caos que me envuelve. No quisiera pasar los días que siguen sin encontrar una nueva obsesión que me impulse hacia el abismo. Y no es sólo eso, me asombra tener que esforzarme tanto para decirlo, como siempre me ha asombrado que sea tan difícil la verdad, la acción, el valor, a tal punto que me da terror suponer que todo es una pesadilla de la que despertaré en cualquier momento. Y sin embargo, en esta atmósfera densa de sentimientos encontrados, estoy segura de una sola cosa: no es la realidad aquello que se altera, es nuestra percepción la que cada vez se aleja más de la realidad. No podría yo si no pensar que estoy viviendo, sufrir así, querer así, y mientras más lo pienso más intento aferrarme a mi locura. Sé que he cambiado: no puedo ocultárselo a nadie y menos a mí misma. Pero hay una cosa a la que jamás podría renunciar: no puedo ser completamente feliz. No debo, no quiero tampoco. Sé que me quieren justo como estoy ahora. Sé que, no siéndolo, voy a decepcionar a todos y aun voy a dudar en sumergirme otra vez en el ritual oscuro que me acompaña desde que puedo mirar atrás en el tiempo. Y aun así, no puedo, ni quiero, sobrevivir sin mi desequilibrio.

sábado, 29 de noviembre de 2008


martes, 25 de noviembre de 2008

Más de una vez me han echado a la calle
por reír donde debo estar llorando,
por llorar donde debo estar riendo,
por callar donde debo estar hablando,
por hablar donde debo estar callado,
por hablar en voz baja de la fe,
por hablar en voz alta del amor.
Más de una vez al año hago
algo que no se puede hacer:
pateo una piedra, levanto polvo
que da deseos de toser.
Me lleno entonces de optimismo,
algo solemne quiero hablar,
pero la piedra me cae encima
y nunca puedo terminar.
Más de una vez me han echado a la calle
por no sentir respeto por las flores,
por derramar comida en los manteles,
por darle de mi alcohol a algunos niños,
por desnudar deprisa a mis mujeres.
Más de una vez no tengo diversión,
más de una vez no tengo invitación.
Más de una vez me han echado a la calle
por correr donde duermen los enfermos,
por fumar en los palcos del teatro,
por hacerle una mueca a mi maestro,
por llevar la cicuta en el bolsillo
desde que iba al colegio con un perro,
desde que me rompían la cabeza
por hablar demasiado del horror
y decirle asesino a un pescador.
Silvio Rodriguez