domingo, 17 de febrero de 2008

Caminó absorto por la calle desierta, y miró los álamos bamboleantes que resonaban cuando el viento los atravesaba. Sintió la enloquecida carrera del viento y la tormenta que se avecinaba. Esa noche no encontraría el dilema entre el aire abierto y el refugio iluminado de su cuarto, perdido en el último piso del último edificio de la última ciudad...No correría dando tumbos, ni lanzaría alaridos que despedazarían el silencio en el que se sumergía todos los días. Tampoco se tumbaría en una esquina a beber hasta el amanecer, ni caminaría al azar hasta que las piernas se le rindieran.
No se convulsionaría desesperado en llanto, ni se callaría obstinadamente con la mirada vuelta hacia sí mismo.No iría hacia adelante ciegamente, no volvería hacia atrás.
Se detuvo y miró a su alrededor. La tormenta lo sacudía todo y una luz grisácea invadía las casas, mientras el azul oscuro teñía lentamente el cielo. El camino se abría infinitamente, con mil vueltas, revueltas, esquinas, encrucijadas, interrupciones, paredes, escaleras, túneles...Sonrió, aspiró profundamente y se desvió, abriendo una puerta inexistente hacia otro lugar.

viernes, 15 de febrero de 2008

Miedo te tengo miedo...




Aeronausifobia: Miedo a vomitar

Aicmofobia: Miedo a los objetos puntiagudos

Amatofobia: Miedo al polvo

Ambulofobia: Miedo a caminar

Anablefobia: Miedo a mirar hacia arriba

Anglofobia: Miedo los ingleses o a cualquier cosa inglesa

Asimetrofobia: Miedo a las cosas asimétricas

Blenofobia: Miedo al lodo

Carnofobia: Miedo a la carne

Chaetofobia: Miedo al pelo

Chorofobia: Miedo a bailar

Didaskaleinofobia: Miedo a ir a la escuela

Eurotofobia: Miedo a los órganos genitales femeninos

Fagofobia: Miedo a tragar cosas

Frigofobia: Miedo a las cosas frías

Geumatofobia: Miedo al sabor

Globalifobia: Miedo a la globalización

Itifalofobia: Miedo de ver, pensar en, o tener el pene erecto

Koniofobia: Miedo al polvo

Metrofobia: Miedo u odio a la poesía





Alodoxafobia: Miedo a emitir opiniones.

Eisoptrofobia: Miedo a los espejos

Eleuterofobia: Miedo a la libertad

Esciofobia: Miedo a las sombras

Demofobia: Miedo a las multitudes

Escopofobia: Miedo a ser visto o ser mirado fijamente

Dishabiliofobia: Miedo a desnudarse delante de alguien

Filofobia: Miedo a enamorarase

Filosofobia: Miedo a la filosofía

Agateofobia: Miedo a la locura o volverse loco

Frenofobia: Miedo a pensar

Glosofobia: Miedo a hablar

Herisofobia: Miedo a desafíos contra la doctrina oficial o a la desviación radical

Katagelofobia: Miedo al ridículo o a hacer el ridículo

Odinofobia: Miedo al dolor

Optofobia: Miedo a abrir los ojos

Tiranofobia: Miedo a los tiranos

Verbofobia: Miedo a las palabras

Ermitofobia: Miedo a estar solo




Panfobia: Miedo a todo


Fobofobia: Miedo a temer, miedo al miedo

jueves, 14 de febrero de 2008

Indiferente

Por suerte yo no odio a nadie, pero cuando sufro un desengaño me golpea profundamente, me disminuye, me resiente, me va encerrando en mí misma durante un largo, largo tiempo.

Creo que simplemente necesito dejar correr las cosas.

Maldito sea el teléfono

Llamame, no me llames, te llamo, no te llamo, ocupado, no está, no contesta, cortó, equivocado...
Impersonal y distante, anónimo, sin gestos, sin mirada, para escaparse, para desencontrarse, para intentar, para desistir...¿qué se puede esperar, si se puede cortar de un momento al otro, si un día uno puede volver y escuchar un mensaje desesperado en el contestador, el mensaje de alguien que ya no soporta la evasión fría y mecánica? A fin de cuentas es un refugio para cobardes, un desengaño para valientes, una disertación inútil para los que, como yo, encuentran siempre la forma de complicar las cosas.

El río

Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras. Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

jueves, 7 de febrero de 2008


miércoles, 6 de febrero de 2008

Encontré una esquina del tiempo .
Vértigo. Lo escribí antes de encontrarla.
Ahora todo tiene mucho más sentido, porque yo estoy al derecho. Dado vuelta estás vos.
Luca Prodan ya decía eso, que todas las canciones de Sumo son predicciones.
escalera-laberinto
Pronto, antes de que el tornado se disuelva, me quiero quedar. Me quiero ir! Pero quiero libertad para visitarlo. Libertad para poseerlo.
Yo lo creé.
Aquí está.

Escalera


martes, 5 de febrero de 2008

Latidos acelerados. Vértigo. El aire se hace borroso y las luces brillan cada vez más; me parece haber entrado en uno de esos puntos perdidos en el tiempo y el espacio que andan por ahí y de los que uno sale con náuseas y maltrecho. Curiosamente, todos parecen estar en esta ciudad y hay algo en el alcohol y en mis ojos que me termina atrayendo irremediablemente hacia ellos. Giro sin control en una marea de contrariedades, burlas y gritos que me hipnotiza y me desgarra, porque siento que me abren a cuchillazo limpio y el aire helado me penetra.
Lo alucinante de esta especie de esquinas del tiempo es que se cruzan y multiplican de forma infinita todos los hilos del universo; es un instante de revelación del que no se puede salir sin escalofríos y falta de aliento, y aunque viviera mil años no acertaría a explicar porqué despues de la seguridad de la muerte inminente, de estar en el corazón de una hoguera milenaria, en el centro de un nuevo tornado que amenaza con arrasar todo y reducirlo a polvo, puedo caminar por estas calles otra vez y a veces hasta olvidarme por un momento del peligro.
Cierro los ojos fuertemente y espero a que todo pase. Los abro e intento fundirme con el aire, pasar a ser parte de él; quiero quedarme aquí para siempre aunque sobrevenga el fin o la locura, pero finalmente termina.
Pero yo nunca vuelvo a ser la misma.

domingo, 3 de febrero de 2008

Mis ojos recorren la habitación con celo, anticipando los saltos traidores de estos seres repugnantes que se deslizan y se escurren. Los veo reír con esa risa ciega que tanto odio. Ahora una pausa, intento convencerme de que todo terminará en un momento. Y me divierto enredándome en su espanto, en la plácida y pegajosa blandura de sus cuerpos. Hoy casi no me da asco, porque hoy su risa será apenas un grito apagado en el vacío.
Un relámpago predecible me cruza los ojos. Lo odioso de estos monstruos es que no se dejan atrapar. Me pregunto si su risa no tiene como blanco mis ojos de cordero asustado, mi horror infantil, mis intentos fugaces de aferrar el cielo sin que me queme las manos. Y como el relámpago precede al trueno, ahora resuena la respuesta en mis oídos, sin que ellos siquiera lo sospechen. Recuerdo que en mis manos está latiendo un susurro que sólo será por hoy. Yo también tengo lugar en este juego y por eso me pertenece su final.
El tablero es mío; yo muevo las piezas. Seduzco con mi sonrisa a cada uno; me derramo de tal modo que cualquiera diría que soy uno de ellos. Tantas veces casi tuve esa certeza. Demorándome en actuar, casi disfruto de su compañía...me enternezco y recuerdo cómo anhelaba su repugnante aliento compartido más que el aire fresco que me apuñalaba en el silencio. Me inunda como una marea creciente el rencor, y se convierte en furia. Yo soy el victimario y la principal víctima. Ellos se reducen a vulgar contemplación, pero mi crueldad necesita un destino y el destino, por pura casualidad, resultaron ser ellos. Me vuelvo resoplando a verlos, y embisto sin siquiera sentirlos. Un placer sádico nacido del dolor me hace descubrirles el juego poco a poco. ¡No tengan miedo! ¡Están seguros! Antes de que el ataque de hoy los aniquile recuerden su infalible condición de intocables...esa que resultó tan falsa como mi verdad. Ahora nos miramos cara a cara sin disfraces ni reverencias. Resulté ser un espejo traicionero que no pudo con su genio. Tuve que aceptarlo y esa situación absurda me hizo reír con su risa ciega. También mi risa será apagada en el vacío.
Me miran con horror, miran con horror al indefenso cordero que se convirtió en lobo. Sus rostros blancos y perfectos se desfiguran en una mueca de miserables acorralados. La sangre mancha la loca blancura en un rojo momento de belleza tórrida. Magistral, hasta dejé para la posteridad la película filmada en secreto, donde todos verán esta pequeña muestra de la locura subterránea que habita en todos los rincones. Sé que la misma acción debía ser suficiente y que sería mas heroico dejarla en el anonimato. Pero no puedo con mi instinto de simple mortal.