lunes, 28 de enero de 2008



Me dejo llevar con el hierro candente marcándome el corazón. La herida no dejará de sangrar y su tibieza roja manchará delicadamente tus pañuelos. Me arrojaré al vacío y me consumiré en llamas. Y arderá tal hoguera, que confío en que nunca se apagará.
Ay, el mártir está aquí otra vez, encontrando la belleza. Mira todo con ojos afiebrados. Lo que no comprende lo hace gozar, ensancha su corazón maltrecho. La intensidad de una pasión se mide por la soledad que la precede.
Mil veces lloró su destino perdido. Y soñó con las alas que lo llevarían a alguna parte,
lejos de los rincones en los que se refugiaba con la soga lastimándole las manos.
Su susto blanco y pálido atronaba en silencio la noche
quería quedarse despierto, porque en sueños se podía ir
Y fue un incendio que encendió a todos
una explosión silenciosa que no dejó piedra sobre piedra
y nunca terminó.
La tierra es redonda.
Por mucho que corras, siempre volverás al punto de partida.
AJÁAAAAA!!!!!!!!!!!!!!!!
LA CONTRADICCIÓN ES PRECISAMENTE ESA, EXPLICARLA FILOSÓFICAMENTE DE FORMA IDEALISTA O INCLUSO COMPRENDERLA SIN TRANSFORMARLA. RESALTAR SIEMPRE LA CONTRADICCIÓN DE TAL MODO QUE EL JUEGO SEA SIEMPRE ENCONTRAR LA FORMA DE PARALIZAR LA ACCIÓN.

domingo, 27 de enero de 2008



Lejos, lejos.

El café enfriándose en una mesa. Tu cuerpo helado.


Tu expresión de rencor y una sombra sobre tus ojos. Pude ver como a través de vos, de tu negación. A veces vuelto de espaldas te veo más claro que de frente. La fachada la cuidás, pero en tu patio se acumula la basura. Ya no te importa nada,¿no?


Te vi agarrando lo único que tenés y tomándote el bondi. Te vi los ojos de cansancio y adiviné que en realidad era lo mismo que te fueras o no, pero te tenías que ir por vos, por un patético intento de hacer algo que a nadie le va a importar. Te fuiste de ningún lado para ir a ningún otro.



-¿Por qué será que me escondo, si nadie me quiere ver?



Te gustaría hacerle daño a alguien. Sos insignificante como la mugre que se acumula en tu ropa. Vas caminando sin interés, sabiendo muy bien. Qué terrible debe ser vagar sin ningún propósito sabiendo que sos alguien que sobra, que no existe para nadie.



-Estoy tan solo como este gato, y mucho más porque yo lo sé y él no.



Te veo mirando por la ventana y me sobrecoge lo profundo de tus ojos, lo hondo de tu mirada. Creo que nada rasga más el alma que la soledad.



A fin de cuentas, un resentimiento no es más que un sentimiento subrayado con dolor.

sábado, 26 de enero de 2008


El laberinto es intencionadamente complejo para confundir al que se adentre en él. Laberinto invisible el mío, pero más duro que las piedras. Más indescifrable que los acertijos. ¿En qué momento uno deja de correr por el laberinto y comienza a construirlo, paciente y encarnizadamente, haciéndolo más y más complejo y extendiéndolo hacia afuera, hacia el mundo? El laberinto se adentra en mí y en mis entrañas y juega a habitar también en las tuyas y en el mundo, y se mete por ciudades sombrías y bares sucios e iluminados y bancos de plaza vacíos y se hace ancho, descomunal e infinito y abarca todo el universo y construye pequeños y complejos laberintos en cada rincón. Todo es inmenso y desconcertante y sin sentido y sin embargo, a veces lo destruís con un golpe de tu mirada.

jueves, 24 de enero de 2008


Parecía que el alcohol le ardía en las venas, le latía en la sangre. Todo daba vueltas y era extrañamente absurdo. Y mientras más vueltas daba, menos le importaba.

Se sonrió pensando en que el teatrito ese no iba a durar mucho. El cartón se deshace bajo la lluvia.

Se fumó la vida ahí afuera esperando que pasara (de dónde habré sacado esa idea, se iba a reír después) alguien que lo mirara a los ojos y le reventara el malestar que le crecía adentro. Era la hora donde nadie mira al cielo sin que se le revuelvan las tripas del asco que es el mundo.

Vomitó, respiró el aire fresco.

Linda noche, pensó. Apagó el cigarro en el piso y se fue dando tumbos. A veces hubiera querido que la lluvia limpiara algo más que la mierda de los pájaros.

Ironía

-¿Qué te pasa?
-Nada, ¿por qué?
-Estás llorando.
-Ah...es que tengo una enfermedad de los lagrimales. No se cierran bien. Me van a operar...lo único que voy a ver todo en blanco y negro. No pasa nada...me dijeron que hasta puede ser que llegue a distinguir el rojo.¿No te parece muy de película? Te sangra la mano y ves todo gris y la sangre roja, roja...Lo único que la operación es delicada. Te hacen unos cortecitos en los ojos, y en una parte del cerebro, que parece que tiene que ver con los recuerdos...ahí hay unos conductos que llevan a los lagrimales. Hay que tener cuidado.

(Eso le voy a contestar al que me pregunte "qué te pasa?")

martes, 22 de enero de 2008

Fascinación

Me encanta mirar cómo tu erección apunta directamente hacia mí.
En esos momentos, me siento el centro del universo.

Manicomio (Primera Parte)



¿Por qué me llevan?

Me arrastran sobre un piso helado, manos heladas, miradas heladas. El frío no me deja respirar, aunque afuera hay un sol que me parece sucio. Tengo los pies descalzos y lastimados. Pero no me tienen piedad.

Debo haber hecho algo terrible. Aunque no sé qué es. Alrededor mío todo parece una pesadilla espantosa.

No porque vea nada terrible, porque en realidad no alcanzo a ver nada, sólo pobres diablos enroscados sobre sí mismos (y este pensamiento es curiosamente exacto) Ni su pelo sobre la cara, ni sus brazos me dejan verlos. Algunos están vueltos de espaldas.

Aunque pudiera mirarlos a los ojos, algo me dice que nada encontraría en su mirada. Están vacíos, vacíos como las paredes sucias. Vacíos como el patio sin árboles adonde vamos en el recreo.

Un nudo se me forma en la garganta. Ahora, recordándolo, me hace gracia, porque en ese entonces yo todavía era capaz de sentir nudos. Y todo yo era un nudo, nudo en la garganta, nudo en el estómago, nudo en el corazón.

Y me apretaba más sobre mí mismo. Y los golpes me parecían apretar más, como si me ajustaran.

Una oleada de pánico me inundó. Eso es lo que parecían los otros.

Nudos.

Por eso, fugazmente, quiero gritar. El loco que hay adentro mío quiere gritar. Pero en el manicomio me están volviendo cuerdo. Me miro las manos, y están clavadas al suelo. Me miro los pies, y también están clavados al suelo. Cuando yo era loco podía volar, pero mis alas también me las clavaron al suelo. ¿Y qué podía hacer yo, si hasta las palabras estaban anudadas?

Las duchas frías me desteñían. Cuando yo era loco les dije que la piel se me derretía en color. Y ahora me estaban curando. Ducha tras ducha me vencían. Me iban quitando los colores, me borraban el brillo en los ojos. Me lavaban la fuerza, me lavaban la locura. Y yo me iba volviendo cada vez más gris.

Una vez me llevaron arrastrándome y a las patadas, a los insultos, a un cuarto, el más vacío y más chico.

Me llevaron porque yo había agarrado un clavo oxidado y me había desgarrado la piel. Y es que quería ver si mi sangre seguía siendo roja o también se había vuelto gris.

Volví con un pedazo menos. Pesaba menos, pero debía ser porque me habían quitado los sueños. De nada les servía, porque mis sueños se habían vuelto de carne y hueso y caminaban y se refugiaban en los otros locos. Y todo se hacía cada vez más difícil, y volvían a la carga con golpes cada vez más fuertes, con agua cada vez más fría. Los demás locos no estaban acostumbrados a soñar, porque les habían arrancado la locura de raíz. Ahora no estaban locos, pero no eran cuerdos. Nadie que pisara la locura volvía otra vez. Ellos miraban con ojos sombríos.




Miró a través del cristal, aterido de frío, una habitación iluminada y perfecta. Sentado a la mesa, el mismísimo diablo cenaba una cena de rey.

Miró, alucinado, cómo el diablo giraba sobre sí mísmo y le guiñaba un ojo, levantando su copa.

El gesto de complicidad, de disposición y de ligera burla era demasiado perfecto, con esa lucidez de pesadilla.


Se tapó los ojos echándose hacia atrás, tembloroso, tratando de no vomitar. Fue un relámpago revelador en la noche oscura, una escenografía gris derrumbándose para dejar ver el caos mezclándose tras bambalinas. Descubrió que sus dedos helados ardían, porque la mirada del diablo lo había transformado en una brasa incandescente.


Corrió a los tropezones, ciegamente, sin saber hacia dónde iba, sin importarle tampoco. Se movía como queriendo escapar del maldito secreto que había descubierto y que lo ataría para siempre.


Ahora se encontraba con un calor en su cuerpo que transformaba en cenizas todo lo que tocaba. Desprevenido y torpe, caminaba a ciegas entre las sombras oscuras de la multitud mientras sometía todo lo que tocaba, retorciéndose de dolor. Lo miraban todos. No lo veía nadie. Alguno que otro recibía un breve calor por el fuego de su mirada, que resultaba una brasa más en la hoguera de otros. Pero nada más.