miércoles, 30 de abril de 2008
Hasta el fondo
Debajo de toda esta telaraña espesa hay arañazos melancólicos, hay años y años suburbanos y gotas de alegría que se escurren por el cuerpo, y los ojos de uno están vueltos hacia adentro, hacia abajo con el cielo oscuro y la luz que se filtra en el corazón, la verdad es cruda y hoy no se grita, hoy se murmura y late en los rincones ardiendo en carne viva.
Un cohete al espacio no es huir, es ir a buscar porque hace falta enceguecerse para ver, hay que sentir cómo el suelo lastima y para eso hace falta arrastrarse sin asco y recibir la sonrisa irónica del idiotizado público. Los nervios de papel no sirven aquí y de todas maneras nunca se ven, a otra cosa mariposa y a hablar de lo que importa, de tus ojos de bestia herida y de todo lo que pasaste, no vas a perderte por una cosa así, no tiene sentido, a la vida hay que romperle los brazos y agarrarla por el cuello, hay que arrancarle las tripas y comérselas. Hay que viajar al centro de la tierra y dormir al calor del fuego; hay que acechar la noche en las esquinas y oler el miedo de las calles. Hay que saltar sobre el mundo y apoderarte de todo lo que encuentres.
jueves, 24 de abril de 2008
Half of what I say is meaningless
But I say it just to reach you, Julia.
Julia, Julia,
oceanchild, calls me
So I sing a song of love, Julia
Julia, seashell eyes,
windy smile, calls me
So I sing a song of love, Julia.
Her hair of floating sky is shimmering,
Glimmering, In the sun.
Julia, Julia, morning moon, touch me
So I sing a song of love, Julia.
When I cannot sing my heart
I can only speak my mind, Julia.
Julia, sleeping sand,
silent cloud, touch me
So I sing a song of love, Julia.
Hum hum hum hum… calls me
So I sing a song of love for Julia,
Julia, Julia.
domingo, 20 de abril de 2008

La presión allá arriba era intolerable, condensada, confusa. El corazón me ardía y la vista se me nublaba, mientras sentía el miedo y el deseo bombéandome en la sangre. Hacía tiempo que los demás lo veían, lo intuían, y me seguían con una especie de temor cariñoso, me agarraban las manos afiebradas y susurraban palabras que buscaban traerme de vuelta a la tierra, de vuelta al suelo seguro, el suelo duro como la piedra. Pero yo no conseguía apartar los ojos del aire, del viento.
-No queremos perderte. Realmente, las cosas no son así. No está todo tan mal, después de todo ya has pasado por esto. Si te vas no vas a volver.
A los tropezones conseguí subir, alejarme y ver la tierra a miles de kilómetros, sentirme en suspensión perfecta, expectante, con la mirada que se volcaba hacia abajo, con el cuerpo intensamente atraído al vacío, atraído al vértigo, al salto, al impulso, y los brazos y piernas temblando. El viento hipnótico, la inercia, el misterio. Ya no había miedo ni valor, sino una decisión simple: saltar o no saltar. Y salté.
-No te asustes que estamos para sostenerte. ¿Ves? Aquí estamos todos abajo esperándote.
-No queremos perderte. Realmente, las cosas no son así. No está todo tan mal, después de todo ya has pasado por esto. Si te vas no vas a volver.
A los tropezones conseguí subir, alejarme y ver la tierra a miles de kilómetros, sentirme en suspensión perfecta, expectante, con la mirada que se volcaba hacia abajo, con el cuerpo intensamente atraído al vacío, atraído al vértigo, al salto, al impulso, y los brazos y piernas temblando. El viento hipnótico, la inercia, el misterio. Ya no había miedo ni valor, sino una decisión simple: saltar o no saltar. Y salté.
-No te asustes que estamos para sostenerte. ¿Ves? Aquí estamos todos abajo esperándote.
Un vuelco. La mirada fija, cayendo en círculos, y el aire desplegándose en mi pecho. La fuerza, la gravedad. Lo grave de la tierra me atraía. Y podrían haber pasado cientos de años mientras caía. Ahora era tarde, tarde para todo. La confusa llamada llegaba a su fin.
-Ahora ya no te tenemos, estás sola, estamos acá pero no hay nadie para sostenerte. ¿Ven? No hay nadie que la sostenga.
La sangre bajaba a mi cabeza, vertiginosamente, y yo no podía pensar; sólo sentía una furiosa alegía recorriéndome el cuerpo. Sólo la sensación de la inminencia, del suelo duro como la piedra, de vuelta a la tierra. Y enfrentando ya el golpe, en el último momento el paracaídas se abrió y mi cuerpo rodó, mientras la tela de colores se extendía bajo el sol.
lunes, 14 de abril de 2008
Escribir no es desnudarse. Uno dice solamente lo que está dispuesto a decir. En todo caso lo dice más claro, lo que siempre resulta revelador. Pero si no digo las cosas que siento en persona ¿qué me hizo pensar que iba a poder ponerlas por escrito?
En fin, qué triste es ser una cobarde. Ojalá pudiera decir todo de una vez. Mucho riesgo.
En fin, qué triste es ser una cobarde. Ojalá pudiera decir todo de una vez. Mucho riesgo.
domingo, 13 de abril de 2008
Maldita la sed que le abrasaba la garganta. Y todo por la estupidez de tomar agua salada. Pero el deseo era irresistible. El pobre imbécil, atontado por el sol implacable. Solo en el mar. Y claro...
Mareado, se inclinó y vomitó sobre la cubierta. Y vio cómo el mar le devolvía una mueca de asco.
Se acostó desorientado sobre el fondo del bote, tapándose los ojos. Así que eso era todo. Anonadado.
Cerró los ojos, resoplando. Iba a la deriva. A la deriva en el mar, a la deriva en la vida. Parecía lo más lógico. Claro que nunca se había acostumbrado a la sensación de estar perdido y sin rumbo fijo. A esas cosas nadie se acostumbra. Y como buen perdedor, como buen fracasado, empezó a lamentarse.
Se lamentó primero de su infancia solitaria donde veía a los niños revolcándose en el barro, pero él no podía porque se le iban a infectar las heridas hechas por el padre. Porque la madre lo iba a meter en la pileta escupiendo insultos y llorando porque ella tendría que haber sido bailarina y no casarse con ese infeliz.
Se lamentó de haber pasado la adolescencia mirando a todos los otros, andrajoso y fumando como un desquiciado. Solo, porque no había aguantado más entre el padre borracho y la madre loca.
Lamentó su carácter huraño y despreciable, porque su único amor no lo había aguantado. Lamentó las noches tumbado en la suciedad, en la mugre y el frío.
Antes de poder seguir lamentándose, una sombra le cubrió el rostro y abrió los ojos. Los buitres se acercaban en círculos amenazantes, pero curiosamente tenían los ojos de la madre, del padre y de la amada. Y fue lo último que vio antes de desvanecerse mientras el bote se balanceaba plácidamente bajo el sol.
Mareado, se inclinó y vomitó sobre la cubierta. Y vio cómo el mar le devolvía una mueca de asco.
Se acostó desorientado sobre el fondo del bote, tapándose los ojos. Así que eso era todo. Anonadado.
Cerró los ojos, resoplando. Iba a la deriva. A la deriva en el mar, a la deriva en la vida. Parecía lo más lógico. Claro que nunca se había acostumbrado a la sensación de estar perdido y sin rumbo fijo. A esas cosas nadie se acostumbra. Y como buen perdedor, como buen fracasado, empezó a lamentarse.
Se lamentó primero de su infancia solitaria donde veía a los niños revolcándose en el barro, pero él no podía porque se le iban a infectar las heridas hechas por el padre. Porque la madre lo iba a meter en la pileta escupiendo insultos y llorando porque ella tendría que haber sido bailarina y no casarse con ese infeliz.
Se lamentó de haber pasado la adolescencia mirando a todos los otros, andrajoso y fumando como un desquiciado. Solo, porque no había aguantado más entre el padre borracho y la madre loca.
Lamentó su carácter huraño y despreciable, porque su único amor no lo había aguantado. Lamentó las noches tumbado en la suciedad, en la mugre y el frío.
Antes de poder seguir lamentándose, una sombra le cubrió el rostro y abrió los ojos. Los buitres se acercaban en círculos amenazantes, pero curiosamente tenían los ojos de la madre, del padre y de la amada. Y fue lo último que vio antes de desvanecerse mientras el bote se balanceaba plácidamente bajo el sol.
sábado, 12 de abril de 2008
Las siestas de sol te alejan un poco; parece que respiraras solamente calma y deseos, sobre todo caminando por la calle con el sol escurriéndose entre las hojas de los árboles. La emoción se desliza en cualquier detalle, y ese detalle resultó ser un techo en construcción y un pibe trabajando, con la espalda desnuda y una gorra para el sol, allá suspendido, con el cielo azul y el cemento que viéndolo así no me resultaba tan gris. Alto, bien alto, el calor deteniéndose en su piel, y yo hinchándome de gozo. Y vos allá, sin saber que acá abajo alguien estaba deseándote: tu cuerpo, tu sol y tu arriba.
jueves, 10 de abril de 2008
Si los tiburones fuesen hombres

-Si los tiburones fuesen hombres- preguntó al señor K la hijita de su patrona-, ¿serían entonces simpáticos con los pececillos?
-Seguro -dijo él-; si los tiburones fuesen hombres, mandarían construir enormes cajas en el mar depositando en su interior toda clase de alimentos, plantas, así como también materias orgánicas, además siempre se preocuparían de que las cajas tuvieran agua fresca, y, en resumidas cuentas, que dispusieran de toda clase de medidas sanitarias; si, por ejemplo, un pececillo se hiriese en la aleta, se la vendarían inmediatamente pues con eso impedirían que se les murieran antes de tiempo. También darían grandes fiestas acuáticas para divertir a los pececillos, ya que éstos saben mejor si no están tristes.
Naturalmente, habría escuelas dentro de las grandes cajas. En esas escuelas los pececillos aprenderían a nadar en las fauces de los tiburones, necesitando también conocimientos de Geografía para poder encontrar esos lugares en donde los escualos holgazanean.
Por supuesto que tampoco habría que olvidar el perfeccionamiento moral de los pececillos; instruyéndoseles acerca de que lo más elevado y hermoso para un pececillo consiste en que éste debe sacrificarse por los tiburones si ellos se lo dicen y que también debe creerles si les explican que se preocupan con objeto de que tengan un bonito futuro, por ello se enseñaría a los pececillos que ese porvenir sólo lo tendrían si aprenden a ser dóciles y obedientes. Ante todo deberían guardarse del materialismo, el egoísmo y el marxismo. Si alguno de los pececillos revelasen semejantes tendencias a sus compañeros éstos tendrían el deber de delatarles inmediatamente a los tiburones.
Si los tiburones fuesen hombres, se harían la guerra los unos a los otros, naturalmente, para conquistar más cajas, y a pececillos extranjeros, obligando a sus propios pececillos a combatir en tales guerras.
Los tiburones enseñarían a los pececillos, que, entre ellos, y los pececillos de los otros tiburones, existen gigantescas diferencias. También les advertirían que aunque todos los pececillos sean mudos, lo que sucede es que callan en idiomas diferentes, y, por lo tanto, es imposible que lleguen a entenderse.
A cada pececillo que en una guerra matase a un par de pececillos enemigos, de los que callan en otras lenguas, se les regalaría una pequeña condecoración marina, dándosele el título de héroe.
Si los tiburones fuesen hombres, tendrían, por supuesto, sus habilidades. Habrían hermosos retratos sobre los dientes de los tiburones, pintados en magníficos colores, presentando sus fauces como límpidos jardines de ocio y recreo en donde todos se reunirían sin faltar ninguno.
Los teatros del fondo del mar mostrarían a los heroicos pececillos nadando entusiasmados por entre las fauces de los tiburones, siendo el sonido de la música tan hermoso que mecidos como en un ensueño por las sensaciones más deliciosas, los pececillos serían arrastrados por las corrientes acuáticas siguiendo a la banda de músicos, para precipitarse en el interior de las fauces de los tiburones.
También habría una religión si los tiburones fuesen hombres. En ella se enseñaría a los pececillos que la verdadera vida comienza en el vientre de los tiburones.
Por lo demás, si los tiburones fuesen hombres, los pececillos no serían todos iguales como ahora son; algunos obtendrían empleos que les permitirían legalmente ser superiores a los demás, y hasta poseerían el derecho, los más grandes, de comerse a los pececillos más pequeños.
Los tiburones encontrarían esto muy agradable ya que les daría ocasión de ingerir grandes porciones de comida.
Y los pececillos más gordos estarían ocupando los mejores puestos; serían los encargados de mantener el orden entre los demás pececillos, siendo los maestros u oficiales, ingenieros de cajas, etc.
En resumidas cuentas: si los tiburones fuesen hombres, habría una cultura en el mar.
-Seguro -dijo él-; si los tiburones fuesen hombres, mandarían construir enormes cajas en el mar depositando en su interior toda clase de alimentos, plantas, así como también materias orgánicas, además siempre se preocuparían de que las cajas tuvieran agua fresca, y, en resumidas cuentas, que dispusieran de toda clase de medidas sanitarias; si, por ejemplo, un pececillo se hiriese en la aleta, se la vendarían inmediatamente pues con eso impedirían que se les murieran antes de tiempo. También darían grandes fiestas acuáticas para divertir a los pececillos, ya que éstos saben mejor si no están tristes.
Naturalmente, habría escuelas dentro de las grandes cajas. En esas escuelas los pececillos aprenderían a nadar en las fauces de los tiburones, necesitando también conocimientos de Geografía para poder encontrar esos lugares en donde los escualos holgazanean.
Por supuesto que tampoco habría que olvidar el perfeccionamiento moral de los pececillos; instruyéndoseles acerca de que lo más elevado y hermoso para un pececillo consiste en que éste debe sacrificarse por los tiburones si ellos se lo dicen y que también debe creerles si les explican que se preocupan con objeto de que tengan un bonito futuro, por ello se enseñaría a los pececillos que ese porvenir sólo lo tendrían si aprenden a ser dóciles y obedientes. Ante todo deberían guardarse del materialismo, el egoísmo y el marxismo. Si alguno de los pececillos revelasen semejantes tendencias a sus compañeros éstos tendrían el deber de delatarles inmediatamente a los tiburones.
Si los tiburones fuesen hombres, se harían la guerra los unos a los otros, naturalmente, para conquistar más cajas, y a pececillos extranjeros, obligando a sus propios pececillos a combatir en tales guerras.
Los tiburones enseñarían a los pececillos, que, entre ellos, y los pececillos de los otros tiburones, existen gigantescas diferencias. También les advertirían que aunque todos los pececillos sean mudos, lo que sucede es que callan en idiomas diferentes, y, por lo tanto, es imposible que lleguen a entenderse.
A cada pececillo que en una guerra matase a un par de pececillos enemigos, de los que callan en otras lenguas, se les regalaría una pequeña condecoración marina, dándosele el título de héroe.
Si los tiburones fuesen hombres, tendrían, por supuesto, sus habilidades. Habrían hermosos retratos sobre los dientes de los tiburones, pintados en magníficos colores, presentando sus fauces como límpidos jardines de ocio y recreo en donde todos se reunirían sin faltar ninguno.
Los teatros del fondo del mar mostrarían a los heroicos pececillos nadando entusiasmados por entre las fauces de los tiburones, siendo el sonido de la música tan hermoso que mecidos como en un ensueño por las sensaciones más deliciosas, los pececillos serían arrastrados por las corrientes acuáticas siguiendo a la banda de músicos, para precipitarse en el interior de las fauces de los tiburones.
También habría una religión si los tiburones fuesen hombres. En ella se enseñaría a los pececillos que la verdadera vida comienza en el vientre de los tiburones.
Por lo demás, si los tiburones fuesen hombres, los pececillos no serían todos iguales como ahora son; algunos obtendrían empleos que les permitirían legalmente ser superiores a los demás, y hasta poseerían el derecho, los más grandes, de comerse a los pececillos más pequeños.
Los tiburones encontrarían esto muy agradable ya que les daría ocasión de ingerir grandes porciones de comida.
Y los pececillos más gordos estarían ocupando los mejores puestos; serían los encargados de mantener el orden entre los demás pececillos, siendo los maestros u oficiales, ingenieros de cajas, etc.
En resumidas cuentas: si los tiburones fuesen hombres, habría una cultura en el mar.
Bertolt Brecht
lunes, 7 de abril de 2008
¿Qué quiero?
Quiero tenerte entre mis brazos. Quiero abandonarme en tus ojos y sentir que llegué a algún puerto. Quiero tu risa, quiero tu calor.
Quiero volar encima del aire enrarecido que nos asfixia. Quiero tener valor, algo que siempre me faltó. Quiero desprenderme de mi vaciedad, dar lo poco que tengo. Dártelo.
Cuántos ya te habrán escrito. Cuántos te vivieron, madre y amante, cuántos te habrán confundido con su dolor.
Quiero que llegues...no me dejes morir sin ti.
Quiero volar encima del aire enrarecido que nos asfixia. Quiero tener valor, algo que siempre me faltó. Quiero desprenderme de mi vaciedad, dar lo poco que tengo. Dártelo.
Cuántos ya te habrán escrito. Cuántos te vivieron, madre y amante, cuántos te habrán confundido con su dolor.
Quiero que llegues...no me dejes morir sin ti.
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