miércoles, 25 de julio de 2012


Te preguntás qué es el amor, yo me respondo que el amor empuja desesperado por salir de nuestra cárcel. Que está tan torturado que me asombra encontrármelo a cada paso, imposible de ahogar, de contenerlo en algo tan ínfimo como nuestras vidas. Lejos, una mujer se escapa de la muerte. Una voz me habla toda la madrugada sobre la Revolución. Dos pies caminan en el barro convencidas de levantar a los desesperados sobre sus pies. Mariano sobre las vías del tren. Y yo pienso que hemos entendido mal y que eso es el amor, y que solamente en ese amor podemos encontrarnos.

lunes, 25 de junio de 2012


- Mi problema es que te quiero como a mi gato, ¿entendés? Lo amo, pero me olvido de él, cuando estoy en el trabajo, cuando camino por la calle. A veces llego y no sé si me alegro de que esté ahí, de tropezarme cuando se enrosca entre mis piernas y ronronea. Me exaspera que maúlle y trate de llamar mi atención, pero sé que está ahí, a mano para darle una caricia distraída, para sentir su calor cuando se me va la mano con la soledad.
- Creo que ya no te estoy soportando. ¿Dónde entro yo en todo esto?
- Entrás donde vos quieras. La ventana está abierta, igual que para él. No sé por qué, pero se conforma con un plato de comida, que supongo que es mejor que rebuscárselas en la calle, y yo me he acostumbrado a que esté ahí. Hasta me da cierta tranquilidad. Seguramente ahora te gustaría tirarme por el balcón, pero has aceptado todo esto hasta que lo pusimos en palabras.
Ella respiró con violencia y lo miró a los ojos con algo parecido al odio. Era tarde para irse. Se dio vuelta en la cama, esperando que el sueño pudiera ahogar esa espantosa sensación de asfixia. Mañana es otro día, pensó él. Y no se equivocaba, la madrugada lo encontró con ella en brazos, acurrucándose tibiamente contra su pecho. Como un gato.

lunes, 18 de junio de 2012

De vez en cuando, levantás la mirada y el del espejo no sos vos. De vez en cuando, tus mejores amigos son extraños. De vez en cuando, pensás que estás aprendiendo a odiar a la persona que duerme a tu lado. Te hablan y las voces se escuchan muy lejanas. Socorro. Querés pedir socorro, gritar. Los soldados que vuelven de la guerra y los ex presos en campos de concentración no hablan. Pero vos no viste la muerte a la cara. No es el horror lo que te impide hablar. Y sin embargo, sentís un chaleco de fuerza que casi no te deja respirar. Una palabra, una caricia, una mano en el hombro romperían tu dolor como un martillo sobre un vitral. Pero preferís tragarte el orgullo, que pesa lo mismo que una tonelada de cemento y te mantiene con los pies en esta tierra de locos. No pierdas el tiempo, mañana no será otro día, será otro exactamente igual a este.

jueves, 31 de mayo de 2012


Quizás necesito hacer un refugio más fuerte antes de dejar entrar a la tormenta.

domingo, 27 de mayo de 2012

No te extraño


No te extraño. Extrañarte sería tener un regusto de llanto en la garganta, una foto (¿engañosa?) guardada celosamente en la memoria. Sé que mañana vas a volver a la carga, atraído como un animal oliendo sangre, desesperado por hundirte otra vez en la locura de mi cuerpo. Eso es lo que estoy esperando, no mirando el reloj, sino sintiendo un suave calor que empieza en la punta de mis dedos y me recorre por completo, cada vez más incandescente: tumbarme sobre vos con cada centímetro de piel. Restregarme sin descanso hasta sentir que solamente me acariciás con lo más duro que tengas. Mordernos los labios, retorcernos de deseo hasta que sea insoportable. Y que entonces me desvistas, me arranques todo en ese juego que nunca termina, porque nunca llegamos a desnudarnos por completo; desatando esa tormenta de caricias eléctricas y saliva, de fiebre enloquecida que nos calma la sed por el espacio de unas horas, como una lluvia de verano. Explorarte como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y el mundo realmente fuera sólo ese instante de encuentro entre mis labios, la punta de mi lengua y lo que les pongas en el camino. Escuchar a borbotones que te encantan mis sabores, mis olores y texturas, verte tocar y mirar casi con incredulidad, sacudiéndome para despertarme a tu placer frenético. Y embestirnos suavemente, con apuro, con ternura, con odio, interminablemente, sabiendo que no hay nada interminable entre los dos, que somos solamente caminos abiertos a la luz del día, y puede que se entrecrucen nuevamente o que las huellas desaparezcan en el polvo. No te extraño, te deseo, te encuentro cada vez que queremos encerrarnos en esta jaula sin rejas.

sábado, 19 de mayo de 2012



No me inquieta si te vas sin mirar a tu espalda, o si le das tregua a tu recelo durmiendo conmigo. Nuestras noches son una estación entre dos vías paralelas, alumbradas por la luz amarillenta del hastío.Me quedo en vos como en una habitación de hotel, te quedás en mí como debajo de un balcón hasta que pase la lluvia. Así nos queremos, con la gratitud e ingratitud de los refugios transitorios. 

domingo, 13 de mayo de 2012

No se imprime


Siempre pensé que escribir era mi vía de escape, después de todo, hay tantas cosas que se pueden decir sobre el papel, y siempre me gustó soñar, tratando de no tropezar con las piedras odiosas de la realidad. Ahora doy mil vueltas para no sentarme y escribir algo que se me pueda ir de los dedos, y ya no sé si mi verdadera cárcel es la hoja en blanco. Escribirte es una de las páginas más desconcertantes, porque siempre fui partidaria de no hablar sobre lo que no conozco. Para mí siempre fuiste una hoja en blanco. Nada más que eso que no te deja dormir por la noche, pensando en que tal vez tuvieras la historia de tu vida si hubieras hecho más que esperar que se escribiese sola. Más que sentir desesperación por el silencio frío y su resistencia incólume a entregarse tan fácilmente. Más que terminar de nuevo delante de ella con la vaga esperanza de dejar algún trazo que valga la pena. Pero cuando las palabras  no llegan, a veces simplemente prefiero perder la oportunidad. ¿Cobardía? Es probable. Bueno, en realidad casi seguro es cobardía, porque no es tan fácil abrirse para que el mundo vea tus vísceras al aire. Admiro terriblemente a los que lo hacen. Cuando termine con esto, ¿me quedará algo en las manos, o simplemente te habrás borrado para siempre?
Creo que estoy echando mano a las últimas cartas para que no te evapores en el aire y piense un día que todo esto fue un sueño. Siempre fue mucho más fácil abrirte de piernas que escribirte. Y me río del que piense que lo está haciendo cuando te tiene una noche en la cama. O dos. O cien. Hasta creo que te gusta pensarlo a veces, y perderte de mil maneras, porque sabés que en el fondo no estás ahí, que no sos la que se pierde de verdad. Y me gustaba verte así, en esa locura donde no te sentías en peligro, porque tu cuerpo borracho no eras vos, porque podías darte una tregua por un rato. Entonces yo seguía el juego y doblábamos la apuesta una y otra vez, mientras yo pensaba que no había riesgos si yo podía mantener un cable a tierra. Casi era feliz pensando que también podía perderme por algunas horas. Escaparme y vos eran sinónimos.
El problema era mirarte a los ojos y preguntarte en voz alta dónde estabas. Odiabas mis preguntas, y está bien. Me acostumbré demasiado a prender fósforos sin saber jugar con fuego. Llega el momento en que lo apagás o te quemás los dedos. Y algo más también. Pero las llamas eran preciosas. Nunca nos cansamos de mirar un fogón. Nunca queremos que termine. Sabías que yo estaba buscándome y que quería encontrarme. Vos, no sé. Nunca supe si ibas de ida o de vuelta, y tenerte en mis brazos era saber que al día siguiente te esfumabas. Eras un pasaje sin destino de antemano. Subirse a ese tren nunca iba a ser fácil, tampoco para vos. También me daba miedo que terminaras en ninguna parte, o en el mismo lugar sintiendo que perdiste algo del equipaje. Escribir es un riesgo, pero existe la opción de quemar el papel, aunque te envuelva el olor a fracaso. Puedo dar vuelta la página, pero todavía quisiera tener la posibilidad de seguir, al menos en borrador, al menos con lápiz, sin tener que preocuparme por el principio ni el final y pensando que todavía tengo cien maneras de escribirte.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Ahora entiendo: uno debería aferrarse ciertamente a las cosas cotidianas, aunque éstas aparentemente carezcan de sentido: si no existiesen, no existiría ningún maldito salvavidas que nos rescate de la muerte; y lo mejor es no preguntarse nada, permanecer en la superficie del mar revuelto; no preguntarse a qué quiere uno aferrarse, si es la vida, qué es la vida: esto nos haría perder el eje de una forma tal, que llegaríamos a las más horribles abominaciones que nos sorprenden y horrorizan todos los días y que perpetra algún loco que perdió el control de su propio timón.

viernes, 29 de octubre de 2010

Un cielo grisáceo hunde sus raíces profundas en mi llanto. Alto y tembloroso, se erige en la distancia un árbol, con la hojarasca bordeada de ocre, las ramas dobladas en silencio mudo hacia abajo, como múltiples andrajos.
La distancia que separa mis sentidos oscuros de mis acciones, de mis pies y manos débiles e inútiles, se ha hecho tan grande que me asusta. El dolor cíclico que tanto me aquejaba no ha desaparecido, sólo se ha remitido a un remoto inconsciente. Duerme pacientemente adiestrado, encadenado como un dragón horroroso junto al fuego. La lucha contra él me ha debilitado, he puesto todos mis esfuerzos para aplacarlo, y junto a él he consumido la ira, la lujuria, el odio mortal y enconado, la ironía áspera, y he quedado vacía de palabras, de acciones desesperadas, de silencios y de gritos. Sólo me siento rodar como un engranaje, y con el monstruo dormitando creciéndome en la garganta hasta asfixiarme. Me muevo en el perpetuo temor de reavivarlo...

miércoles, 19 de mayo de 2010

Frente al infierno

Las frías puertas de piedra
están abiertas,
pero sumergirse
en la densa oscuridad
parece demasiado.

Y sin embargo
el peligro no está allí,
en el negro abatimiento.
No habría regreso.

Me internaría
en los bajos fondos,
en las escaleras sin fin
siempre hacia abajo.

Y sería demasiado tarde
para el aire claro,
para el aire frágil.
No habría regreso.

He cruzado el umbral,
con un dolor profundo
de huesos y de músculos.
Umbral gris y desganado.

Y los huecos
poblados de temor,
de parálisis inútil.
Tan simples de quebrar.
No habría regreso.