Me sorprendo sintiendo cosas de amita de casa, de loca
histérica, de víctima, de comadrona, de madre, de mina que se adorna para
otros y vomito. Me meto los dedos en la
garganta y vomito este vino en caja que me hacen tragar. Vivo con arcadas,
tengo la faringe destrozada y los dedos babosos. Digo que basta, fuera vos,
fuera todxs de mi territorio que es lo único que tengo. Echo lavandina y todo
queda más limpio, aunque sienta que lo que mato no sólo son bacterias.
lunes, 12 de agosto de 2013
sábado, 10 de agosto de 2013
Zapping
Tengo problemas para decir que quiero besar lo más hondo de
su humedad, y problemas para mantener ese deseo. Me aburro espantosamente: miro
unos rasgos bellos y me basta con sostener la mirada para que empiecen a
desdibujarse, escucho una conversación interesante y encuentro inevitablemente
tropezones de sentido común y de miserias, construyo fantasías que me
avergonzaría de contar hasta que se vuelven insulsas y me asquean. Y entonces
ladeo la cabeza hacia otro lado, perfilo otra silueta que deseo más que la
anterior, imagino tan fuertemente que me llego a transfigurar, a creer de
verdad que tengo interés en alguien al azar. Mi hipnosis dura más o menos,
dependiendo, como en el zapping, de que fortuitamente encuentre alguna ficción
más o menos creíble. No me he movido del lugar mientras todo esto ocurre.
sábado, 15 de junio de 2013
Cortar el cordón sanguinoliento, cortar esta trenza de
nervios crispados y dolor y pensar que tal vez algo muera en el intento, o
sentir que este cáncer sigue haciéndose metástasis. Pensé que no iba a ser
necesario amputarme todo para sobrevivir. Y a diferencia de ellos, quiero
hacerlo, quiero salir de este infierno alguna vez y dejar de pensar que hay una
maldición encima nuestro.
martes, 4 de junio de 2013
Me despierto como si en sueños me hubiera golpeado contra
una pared de ladrillo. Todos estuvieron allí, en mis sueños, haciendo cosas
probables si la urbanidad no impidiera que las cosas sigan su curso. Coger,
llorar, pelear, matar. Casi inconscientemente pienso que en mi cama está el bicho
que succiona sangre hasta hacerme morir. No estoy tan lejos de los libros ni de
los sueños. Toda esta realidad viscosa se esconde para provocarme pesadillas en
un almohadón de plumas.
jueves, 21 de febrero de 2013
¿Cuándo empezó ese miedo que fue poco a poco haciéndose mortal, y que ahora lo postraba en silencio sobre su cama, en posición fetal y absorbiendo la luz del día hasta que terminaba?
Se hubiera dicho que el miedo lo acompañaba como algo innato, como un segundo corazón que latía acompasadamente, y que al bombear aumentaba su parálisis. Pero después de reflexionar (pasaba las horas muertas examinando sus propios pensamientos, volviéndolos del revés y calculando el peso aproximado que ocupaban en su cerebro) llegó a la conclusión de que era más bien una especie de odioso marcapasos que se había instalado en su pecho para hacerse imprescindible.
Porque, en verdad, ¿qué hubiera hecho sin ese miedo persuadiéndolo a cada paso de no actuar, mirándolo desde el fondo de sí mismo con ojos implorantes, como un animal enfermo o un inválido? Tenía piedad de su miedo y volvía a prometerse no asustarlo, cuidarlo y protegerlo del mundo y de sí mismo.
A veces, antes de que su miedo creciera hasta ocupar la mayor parte de su cuerpo -como una inmensa sanguijuela latiendo sobre su piel- olvidaba durante días enteros que existía y sólo lo recordaba como un detalle insignificante, en verdad ni siquiera lo podía llamar recuerdo, sino que se asemejaba a la sensación que nos produce un par de zapatos guardados en un armario, cuya existencia no ignoramos pero de la que no somos conscientes por completo hasta que abrimos la puerta del armario y nos topamos con ella. De la misma manera casi se olvidaba de su miedo, en forma distraída lo consideraba una pequeña manía de la cual podría deshacerse con sólo decidirse a saltar con los brazos abiertos a esa vida que se tendía como un puente hacia delante. Y sin embargo, de nuevo empezaba sin quererlo a prestar atención a ese murmullo incesante de un pequeño monstruo que lo miraba como un hombre desconocido a la orilla del puente, con un sombrero sobre los ojos y sonrisa tenebrosa.
Claro que pensó enfrentarse con el desconocido y demostrarle, que después de todo no le tenía miedo. Pero entonces el murmullo se trocaba en alaridos de bestia herida y su miedo parecía llamarlo como si amenazara con soltarse y provocar una catástrofe. Nada le quedaba sino apaciguarlo, darle de beber sus energías hasta consumirse lentamente en este estropajo que era hoy, impotente para alimentar a tan temible bestia.
Se hubiera dicho que el miedo lo acompañaba como algo innato, como un segundo corazón que latía acompasadamente, y que al bombear aumentaba su parálisis. Pero después de reflexionar (pasaba las horas muertas examinando sus propios pensamientos, volviéndolos del revés y calculando el peso aproximado que ocupaban en su cerebro) llegó a la conclusión de que era más bien una especie de odioso marcapasos que se había instalado en su pecho para hacerse imprescindible.
Porque, en verdad, ¿qué hubiera hecho sin ese miedo persuadiéndolo a cada paso de no actuar, mirándolo desde el fondo de sí mismo con ojos implorantes, como un animal enfermo o un inválido? Tenía piedad de su miedo y volvía a prometerse no asustarlo, cuidarlo y protegerlo del mundo y de sí mismo.
A veces, antes de que su miedo creciera hasta ocupar la mayor parte de su cuerpo -como una inmensa sanguijuela latiendo sobre su piel- olvidaba durante días enteros que existía y sólo lo recordaba como un detalle insignificante, en verdad ni siquiera lo podía llamar recuerdo, sino que se asemejaba a la sensación que nos produce un par de zapatos guardados en un armario, cuya existencia no ignoramos pero de la que no somos conscientes por completo hasta que abrimos la puerta del armario y nos topamos con ella. De la misma manera casi se olvidaba de su miedo, en forma distraída lo consideraba una pequeña manía de la cual podría deshacerse con sólo decidirse a saltar con los brazos abiertos a esa vida que se tendía como un puente hacia delante. Y sin embargo, de nuevo empezaba sin quererlo a prestar atención a ese murmullo incesante de un pequeño monstruo que lo miraba como un hombre desconocido a la orilla del puente, con un sombrero sobre los ojos y sonrisa tenebrosa.
Claro que pensó enfrentarse con el desconocido y demostrarle, que después de todo no le tenía miedo. Pero entonces el murmullo se trocaba en alaridos de bestia herida y su miedo parecía llamarlo como si amenazara con soltarse y provocar una catástrofe. Nada le quedaba sino apaciguarlo, darle de beber sus energías hasta consumirse lentamente en este estropajo que era hoy, impotente para alimentar a tan temible bestia.
miércoles, 16 de enero de 2013
No esperes la absolución
I
Si pudiera saber que estás viva cuando llego,
No caminaría con la soga al cuello,
mientras ruego no encontrarte con una
menos simbólica.
Estoy tan lejos
Que ya me arrodillo a los pies de tu cadáver.
Nadie lo da todo,
Nadie lo puede todo.
Gracias por
enseñarme eso.
II
A los muertos les decimos
hasta mentiras piadosas
Y a los vivos,
apenas los miramos con desconfianza.
apenas los miramos con desconfianza.
¿Por qué tanto rencor a los suicidas?
Porque
la mierda flota, dicen,
la mierda flota, dicen,
y la preferiríamos -en el fondo-.
“-¡Egoístas!”
Después de todo, todos
nos matamos de a poco.
Ya habrá tiempo de morirse
Y de que todos inventen (a su gusto)
lo buenos que éramos...
III
(Vivamos,
nosotros que podemos).
domingo, 9 de diciembre de 2012
Carancho
Fermín se arrastraba pesadamente hacia delante, y los gritos
de Horacio, que caminaba riéndose a unos veinte metros de distancia, le
parecían golpes de bota sobre el cuerpo cansado.
-¡Dale, viejo choto!
La primavera era un alivio para los comerciantes de todo
tipo, que con los dólares del turismo sentían que la sangre les fluía
gozosamente en las venas. Al fin llegaron, durante el año, los sueldos de los
negritos albañiles no rinden, y todavía quieren que les paguemos más, qué cosa.
Negros de mierda que para colmo roban todo lo que encuentran, piensan. Salen
orgullosos a la puerta de sus locales, con las veredas bien barridas por las
negritas bolivianas.
-¡Viejo choto! ¡Dale!
Delante de todos, palabras como botas de acero, como las que
le habían caído encima más de una vez en la colimba.
Primavera. Más alivio todavía para los vagos que toman del
vino en tetrapack a la luz del sol, envuelto en una bolsa. Otro invierno más al
que habían resistido indefinidamente. Una mueca parecida a una sonrisa se les
dibuja en el rostro, y hace tantos años que Fermín los ve sentados en el mismo
lugar que si faltaran, se daría cuenta de que faltan, no de que faltan los
vagos porque de eso nadie podría darse cuenta, pero no hay duda de que el
paisaje le resultaría extraño. Hace años que amenazan con barrerlos bien
barridos, para que los turistas con dólares no sientan contradicciones morales
mientras comen al aire libre.
-¡Viejo choto! -. Horacio estaba furioso por haber perdido
lo último que tenía mientras jugaban al truco con una damajuana que bajaba
mientras iban ensuciándose las cartas.
En algún momento, a Fermín le había gustado el calor,
especialmente el verano. Toda la familia iba a cosechar uva y a él y sus
hermanos les faltaba boca para comer todo lo que el estómago les reclamaba.
¿Pero ahora? Le molestaba el sol golpeándole los ojos cansados y casi ciegos, y
los árboles soltaban una repugnante flor amarilla que llenaba todo de olor
dulce y se le pegaba en las suelas de los mocasines y la punta de las muletas.
Así, caminaba más lento todavía y sentía que las miradas se le clavaban en el
cuerpo.
-¡Dale, viejo choto! ¡Dale!
Intentó balbucear una protesta que fue ahogada por gritos
más irascibles todavía.
Miradas sin lástima. Como tampoco las que iban dirigidas a
las negritas bolivianas ni a los vagos. Los atravesaban como si fuesen de vidrio, y en sus ojos no había
ese orgullo que sólo una propiedad puede encender. Y esos veinte metros que lo
separaban de Horacio (su amigo, de esos amigos tan especiales que se consiguen por
acá) terminaron de convencerlo de que a él también lo atravesaban. En eso pensaba al recostarse
sobre el cuerpo todavía dolorido por los gritos:
-¡Viejo choto! ¿Ves que sos un viejo choto?
sábado, 27 de octubre de 2012
Trabajo. Trabajo sordo y sostenido, lucha desigual con mis propios monstruos para abrirme, para depositar algo de lo mío en el camino. Y ahora vuelvo a tener miedo. Las huellas se borran en la arena y de nuevo el cielo se oscurece. Nos encontramos en el medio del azar, como en cualquier laberinto de múltiples encrucijadas. Me coloco con los brazos abiertos para impedirte entrar, y te dejo meterte entre mis sábanas como un espejismo, como dos cuerpos de piedra que no dejan salir el calor ni la luz. A lo que vinimos sin palabras ni juegos y sin nada que contar, a tal punto es de larga la distancia que siento que nos separa. Dormir, dormir. No me quiero despertar y me duermo entre tus brazos desconocidos, deseando que la noche no termine para no sentir esas palabras olvidadas que ahora se revuelven en mi boca, a punto de escapar.
-Ya pasan los bondis.
-Ya pasan los bondis.
viernes, 21 de septiembre de 2012
Sí, hay paisajes bellos llenos de basura pero esta basura no es la que yo quiero, no es necesario revolcarse en mierda ficticia, demasiada hay ya para que encima inventemos más, de nuevo tengo miedo de estar sola a pesar de todos mis esfuerzos, y no estás ayudándome cuando me mirás con esa sonrisa impenetrable. Cada vez que me preguntabas por qué lloro no tenía nada que decirte hasta que finalmente dejé de llorar y hoy vuelvo a llorar porque no te encuentro aunque quiero y pienso en todas las veces que puse una barrera inventada entre los dos porque tenía miedo de que me desnudaras, pero ya habías dejado tantas huellas que siempre volvías a encontrarlas y hoy que quisiera darte las mías no querés sino que preferís volar aunque tengas los pies encadenados al suelo. Tu egoísmo es horrible porque no podés evitar dar y todos nos quedamos esperando un poco más aunque vos te encargás de dejar muy claro que no hay más y yo sigo sabiendo que sí, que vos estás ahí porque te he tocado, porque he visto tus ojos sin telarañas y escuchado tu boca sin frases hechas y todavía somos muy jóvenes y ya somos muy viejos para volver atrás, estoy cansada de que estés sentado mirándome mientras yo corro en una rueda de hámster, alguien acá tiene que patear el tablero y te digo chau para seguir diciéndote hola cada vez que decidas correr un nuevo trecho al lado mío.
miércoles, 22 de agosto de 2012
Voy a escribir esto sin intención estética y sin ningún doble interés. Me lo digo a mí misma, para dejar que el bisturí pase sin obstáculos aunque arranque gritos de dolor. Matar o dejar morir, son atrocidades necesarias. Escribí antes sobre el amor, unas pocas líneas escuetas. Pero sobre todo sentí amor, un amor lacerante que me ahogaba; o más bien, estoy empezando apenas a sentir el boceto de ese amor, que tiene tanto de ardiente como de frío y metódico asesinato. Matar todos los días lo que se interponga, e incluso matar mis propios borradores de amor, con la cabeza fría y la sangre caliente. Tal vez un día pueda escribir esto con palabras hermosas, que tengan más de verdad que estas líneas temblorosas que no tienen una gota de belleza.
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